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Identidad y Tradición

La vía de La realización

La vía de La realización


Pio Filippani-Ronconi

Trascripción de la conferencia dada en la asociación «Fons Pernnis», calle Stamira 21, 00162 Roma

 

     Por lo tanto, esta es la única (¿última?) conversación que tendré. Incluso, puede que la próxima sea la elegía que alguno de vosotros pronunciará en memoria de Filippani. Veréis que esto lo digo simplemente por darme un poco de ánimo.

     El tema del que voy a hablar no es meramente un tema abstracto, un tema cultural y abstracto. Es, antes bien, una propuesta que puede hacer a cualquier amigo para que sistematice su existencia según dos tipos de modalidad. Una modalidad para vivir en la vida cotidiana de todos nosotros, que es una vida tejida de trabajo, de estudio, de pensamiento, de ansiedad, de preocupación etc. Y después la modalidad que constituye su vocación profunda, la que hace referencia al mundo espiritual. Pero hablo también del mundo vocacional –como se suele decir ahora– de todo hombre. En el sentido de que no vale la pena vivir una vida si no se tiene presente la propia vocación y la manera con la que esta vocación se abre lentamente camino hacia la su realización total durante la existencia de un individuo. Ciertamente, la realización total es siempre un sueño. Quien llegase incluso a los noventa o a los ciento veinte años de vida, cuando llega al final de la vida se percata de que no malogrado alcanzar prácticamente la totalidad de los fines que se había propuesto. Pero lo que posee valor en la existencia no es el hecho de haber alcanzado un objetivo que uno se había propuesto conseguir tal vez a los veinte años, tras ocho, diez, o veinte años… Sino que es la energía que ha puesto en movimiento. Es la fuerza de voluntad, la potencia espiritual. Los mismos errores que uno ha cometido durante una existencia pueden considerarse también como hechos positivos porque a través de tales errores ha movido a actuar una potencia de voluntad, también a través de los fallos, que de otra manera no habría podido.

   En la sociedad nos encontramos con tantos buenos mocetones que han realizado los estudios justos, que tienen el padre justo, la madre justo, el lugar justo donde realizarse, desposan a la mujer justa, etc. Estos individuos que a veces encontramos reflejados en los hombres políticos de éxito –digamos al difunto Martelli o también al putrefacto Spadolini u otra gente de esa calaña– esta gente son, en el fondo, polos de batería, son animales humanos que han crecido en una determinada época para repetir fonográficamente el eslogan de dicha época: «Viva la democracia» «Abajo los malos sentimientos», «Vivan los tercermundistas» o cosas por el estilo, basta ver un diario cualquiera. En la actualidad estamos en un régimen de palinodia, por tanto de arrepentimiento, lo encontramos hasta decir basta.

     Estos polos de batería, prácticamente, hablando en términos tradicionales, digamos hinduistas, se diría que no hacen sino sacar fuera de sí mismos el resultado de las acciones que han realizado en una vida precedente. Por lo que se encuentran tantos agujeros que se corresponden con tantas carencias –bastonazos en la cabeza, periodos pasados en la cárcel, etc.– en cualquier vida precedente. Y aquí tienen una especie de compensación, pero a ellos no sirven absolutamente para nada. Cuando entramos en la vida sobre la Tierra, en la vida en la que tenemos una cabeza, un tórax, brazos, piernas, barriga, etc., etc., y estamos repartidos en dos sexos, el masculino y el femenino, cuando entramos en esta existencia nos encontramos con que podemos contar con dos fuerzas. Dos fuerzas que durante la vida intentamos ejercitar, mejorar, con el fin de vivir mejor. Estas fuerzas son: por un lado el pensar y por otro el querer. El pensar y el querer son las potencias mediante las cuales nos abrimos camino en la existencia.

     En lo que concierne al pensar, tenemos un tipo de fuerza que a través de los milenios se ha ido configurando de manera diferente. Nosotros no pensamos ahora como pensaban los antiguos egipcios. Y con toda la admiración que podamos sentir por la sabiduría de los Vedas o por la sabiduría de Zaratustra y de los antiguos persas, el modo en el que ellos pensaban, el instrumento que ponían en función, era completamente diferente al que nosotros empleamos. Actualmente nosotros poseemos como fuentes de nuestra fuerza de pensamiento dos, digámoslo así, raíces, dos corrientes fundamentales. La primera de ellas es la de la percepción física sensible, mediante la cual percibimos los elementos de nuestra existencia, digamos desde el punto de vista más brutal, como un conjunto de piedras, como un conjunto de realidades solidificadas.

     Por lo tanto, en esta fase materialista de la existencia, de la existencia de toda nuestra civilización, en esta fase materialista se consideran reales las cosas físicas e irreales los pensamientos. Sin considerar el hecho de que también en la clasificación de estas cosas materiales consideradas como grandes realidades, si no tuviésemos el pensamiento, son sabríamos de qué manera clasificarlas ni de qué modo orientarnos. Ya nos orientamos  bastante mal hoy, y con cada bastonazo que nos arrean decimos: «La culpa es de Tal», o también: «La culpa es del gobierno de esta feliz república», o también decimos: «Es el destino». Debemos especificar el sentido de este «destino». Por lo tanto, tenemos esta percepción sensible del mundo, que acompaña –como explicación de los fenómenos y de los sucesos del mundo– a la que es la organización lógica, matemática de los elementos que el mundo ofrece a nuestra percepción sensible. En el sentido que, para nosotros, la ciencia tiene el puesto… –digo «nosotros», nosotros no somos todos los…, no digo profetas porque puede sonar un poco demasiado semítico, nosotros somos todos los iluminados, videntes, iniciados a los sublimes Misterios, etc., sino que digo «nosotros» para referirme a la fase de la civilización en la cual nos encontramos–, en esta fase de la civilización, por el contrario, como suprema realidad se asume el saber matemático y científico porque el saber matemático y científico se considera siempre como la base de la razón. En realidad, estos dos tipos de columnas mediante las que organizamos el flujo de nuestros conocimientos y nos preparamos para esquivar los daños que la existencia organizada de la sociedad nos lanza a la cabeza, en realidad ambas columnas son la transformación de un saber antiquísimo del que nosotros, actualmente, apenas si tomamos los, por así decir, restos mortales ¿Por qué? El saber, debería decir el conocer físico-sensible, es la transformación de una antiquísima sabiduría ¿Cómo decir?, no un saber, una sapiencia, si bien de una sapiencia antigua que residía en la videncia natural de los hombres.

     Todavía hoy algunas poblaciones pastorales del Asia Central o del Lejano Oriente como los kirguises, los calmucos o los tungusos poseen restos de esta videncia que está en la base de lo que constituye su religio secunda. Porque la religio prima es lo que uno confiesa delante del funcionario: son musulmanes o cristianos ortodoxos o, también, animistas. La religio secunda es, por el contrario, aquella mediante la cual intentan resolver los problemas existenciales de su propia vida, como, por ejemplo, puede ser el chamanismo. Mediante el chamanismo logran tener una visión… El chamanismo es en parte como aquello que hace ciento cincuenta años estaba todavía vigente entre los pieles rojas. Mediante lo que sabían que había una manada de bisontes que estaba a treinta millas al sur de su campamento. El chamán, en un estado de éxtasis o de ebriedad tras haberse fumado una docena de cigarros o haberse dado un baño hirviente –por lo tanto trastornado su ser físico-anímico– tenía visiones y podía decir: «A media luna de distancia hay bisontes que se dirigen hacia Occidente». Entonces el jefe, no el chamán, de la tribu preparaba los guerreros, los cuales partían con la ración de carne suficiente para tantos días y conseguían las pieles y el alimento que era necesario para afrontar el invierno.

     Este tipo de videncia se ha preservado durante mucho tiempo. Sobre todo en las poblaciones pastorales de Asia. Pero también en Europa. Las migraciones que todavía hacen en la actualidad los lapones según las estaciones, llevando todos sus rebaños de alces a través de las extremas comarcas boreales se hacen no sólo porque la estación es aquella en la que es preciso moverse sino también por ciertas formas de videncia mediante las cuales saben que se producirá una congelación o una descongelación prematura de los cursos de agua que deberán atravesar. Y, en consecuencia, podrán pasarlas estando congeladas y deberán estar atentos a que el hielo no se rompa, etc., etc. Esto es una cuestión.

     En lo que hace referencia al saber matemático, este nuestro saber matemático del que estamos tan orgullosos y que está en la base de las ciencias modernas desde Galileo Galilei en adelante, hunde sus lejanísimas raíces en la sapiencia, más que sapiencia, sabiduría de los antiguos magos, como eran los magos de Persia, los cuales, mientras contemplaban el Cielo sentían resonar dentro de sí los ritmos mediante los cuales se desarrolla la sublime danza de los astros. Y, por tanto, era una sabiduría que absorbían del entero Cosmos, mientras el pastor poseía aquella sabiduría, que nosotros podríamos perfectamente desarrollar, que es la proporcionada por la contemplación, por la contemplación del fenómeno.  

     Sí, el pastor es el sabio, el viejo pastor es un hombre sapiente, lo vemos. Recuerdo que una vez en Persia encontré un pastor que todavía iba vestido al modo antiguo con el sombrero llamado «concha de huevo» (tokmemor), es decir, aquella especie de sombrero que empleaban los antiguos medos, con las orejeras levantadas. Estábamos en primavera, por tanto la noche era muy fría, llevaba todavía el burka que estaba hecho de fieltro. Y este pastor estaba en un lugar lejanísimo, detrás de Persépolis. De repente me acordé de haber tenido un sueño, cuando era niño, que en cierta manera preveía este encuentro. Y tuvimos una conversación extremadamente interesante, una conversación por alusiones que se refería al mundo animal que nos circundaba, porque tenía estos rebaños. Las ovejas persas poseen una cola gruesa porque cuando no encuentran la hierba sobreviven gracias a la grasa acumulada. Y yo veía en este pastor aquella sabiduría que tenían los antiguos pastores. Un cristiano pensaría inmediatamente en los pastores que sabían que habría nacido el Cristo, que el Logos Solar se habría encarnado entre los hombres. Y así tenemos otro tipo de sabiduría que es la sabiduría de los magos, de los magos que venían de Sawah, localidad por la que también pasé yo, en Persia.

     En consecuencia, aquí está este saber que conforma en cierto modo la arquitectura de nuestro pensar. Pero la arquitectura de nuestro pensar puro, no del pensar que es un almacenar con el que nos columpiamos entre la esperanza y la desesperación durante todo el día y que es aquel pensar que debemos, prácticamente, erradicar mediante la práctica de la contemplación, de la meditación y también de la concentración del pensamiento. Esta es una parte. Es por tanto la contemplación.

     Hasta ahora sólo he hablado del pensar.             

       Después hay otra parte que es la acción. Tenemos dos polos en todo hombre: el polo pensante, el polo reflexionante (¿relativo?), el polo consciente de sí mismo en primer lugar, y del mundo. Nadie podría conocer el mundo si no fuese consciente de sí mismo. Existe un certero aforismo de la filosofía hindú: de lo que somos conscientes en primer lugar es del svâtman. «Atman» quiere decir «sí mismo», «sva» corresponde al latín «suus», de tu «sí mismo», que los hindús… como en sánscrito, como en latín y como en griego, como en eslavo se emplea la que para nosotros se ha convertido en tercera persona, su «sí mismo». El «sí mismo» de cada uno de nosotros. Si no hubiésemos experimentado en primera instancia la conciencia de sí no conoceríamos nada. Seríamos animales, los cuales actúan según un impulso hereditario que se repite según la estación y según una especie de fatalidad. En esto está implicado aquella parte de nuestro ser que es la parte que asumimos como la superior, la cabeza. La parte opuesta es la parte en (¿con?) la que operamos en el tiempo y en el espacio. Y es la parte relativa a la acción, relativa al mundo de la voluntad. Y ésta es la parte relativa al movimiento de los miembros que después interiormente resuena como el mundo de la transformación, aquel mediante el cual la comida se convierte después en alimento del cuerpo y alimento de nuestra voluntad y que después, en último análisis, se manifiesta en su forma más refinada, que de manera bastante estúpida se asume como la forma más impura, en los fenómenos de la generación.

     La generación del hombre es el poder a través del cual operan las Jerarquías más altas. Las Jerarquías que son aquellas que Dioniso el Areopagita –y Dante Alighieri con Él– llama el mundo de los Tronos, los Querubines y los Serafines, donde actúa la voluntad divina que se convierte en generación a través del hombre. Las religiones occidentales de raíz semítica las consideran las funciones en las que el hombre peca con mayor facilidad porque el hombre es ignorante del poder que se manifiesta a través de ellas y sólo capta la cáscara exterior que es un complacimiento de sí mismo, el placer de la vida.  

     Así pues, tenemos dos mundos opuestos. En estos mundos opuestos –y aquí os ruego que estéis muy atentos– actúan dos categorías distintas en las que el mundo central que es el sentir –aquello mediante lo que respiramos y en un cierto modo nos insertamos en el tejido humano a través de la circulación sanguínea–, este mundo del sentir opera como atemperación, es decir, como equilibrio. En el mundo del pensar opera el pasado, en el mundo de la voluntad opera el futuro. Estos son dos polos opuestos ¿De qué modo actúa el pasado? Cuando pensamos o tenemos una intuición en la que la voluntad irrumpe a través del pensar y, por tanto, hay prácticamente una obligación (¿un deber?) a través de aquello que es nuestro sentir cardíaco –daos cuenta que estos son misterios profundos. Hablo de «misterios profundos» usando los términos precisos porque en la antigua Hélade operaban los Misterios en los que los jóvenes eran iniciados. Se solía decir que último bandido de Tesalia que hubiese pasado a través de los Misterios ya no moría, y si moría, moría sólo su cuerpo. Pero el más sabio de Grecia que no hubiese pasado por los Misterios, éste, cuando muriese, descendería al Hades, es decir, habría descendido al mundo subterráneo. No habría tenido un resurgimiento. Y también entre los hindús se llama el pitri-yana, el camino de los Padres, el que lleva al mundo lunar en la perenne, según los hindús, en la perenne reencarnación. Y el camino solar que es a través de la cual el hombre ya no se reencarna.

     Pero el hombre que ya no se reencarna es el que ha unido el pensar con el querer, es decir, ha practicado la ascesis que lleva a hacer fluir las potencias creadoras a través de su pensamiento. Su pensar no se convierte ya más en un pensamiento, es decir, un pensar abstracto. Para nosotros el pensar por excelencia es el pensar abstracto. Como decir el cuadrado de la hipotenusa es equivalente a la suma de los cuadrados de los catetos. El pons asinorum de Pitágoras, el teorema de Pitágoras. Que a su vez le había sido enseñado por los sacerdotes de Egipto, quienes, sin poseer un saber abstracto, eran capaces de construir la pirámide. La sacra pirámide en la que se encuentran reunidos todos los misterios del mundo más uno. Y el más uno es el Yo del hombre. Porque éste es el fin de todos los Misterios.   

     Ahora bien, nosotros poseemos estos dos tipos de voluntad: desde el pasado nos viene el pensar ¿Por qué digo el pasado? Porque asumimos que el pensar abstracto es el pensar por excelencia. Éste es el pensar por excelencia, el pensar matemático. En el que la realidad se manifiesta por identidad y por formulación inmediata. Dos más dos igual a cuatro: no es necesario que pienses, ya está establecido. Por lo tanto, se trata de la fotografía pasiva del mundo, o la fotografía pasiva del mundo estrujado, reducido a sus líneas esenciales. Y este es un saber que procede del pasado. Cada vez que tú piensas en cualquier cosa, piensas en cualquier cosa que se te ha representado. Por tanto, tenemos una representación y un pensar que es inherente a la representación.

     Después tenemos el mundo del querer. El mundo del querer irrumpe en nosotros como un dato del futuro. Continuamente cuando camináis, cuando bebéis un vaso, cuando decides hacer cualquier cosa, anticipas el futuro. Por consiguiente, el futuro viene hacia el hombre como voluntad. El pasado fluye en el interior del hombre como pensar. Son los dos polos. Ahora bien, el deber del hombre es hacer fluir la voluntad a través del pensar. Cuando un Maestro Zen te dice –hablemos no del Sotô sino del Rinzai, el que se llama es sistema del grito y del bastón–: «La vaca de Fu come, la vaca de Li engorda, ¡medita!», tú meditas durante un día, dos días, noche y día, hasta que no puedes más y hasta que vas ante el Maestro y te dice «¿Qué significa eso?» y te inclinas. Y el Maestro con aquella especie de espátula que tiene, que es el símbolo del koan, te da un golpe en la cabeza. Y dice: «Ve a cavar el huerto». Tú vas a cavar el huerto; no hay nada que cavar, no hay semillas ni nada. Cavas, cavas, cavas. En un preciso momento estalla la luz ¡Zas! Entonces vas ante el Maestro, te inclinas, le dices cualquier cosa o incluso le das un cachete. Has entendido ¿Qué es esto? Es el pensamiento que está completamente perneado de voluntad. Por otro lado, quien de vosotros haya practicado un arte marcial o un arte de combate, cuando se encuentra en las últimas porque ha recibido un par de cross, etc., el tercero que llega lo para sin pensar y replica –en mis tiempos se decía uppercut– con un movimiento defensivo, detiene el que viene desde la derecha del adversario y lo detiene con un movimiento defensivo. Y dice: «Pero, espera un momento, era algo tan simple», y el otro cae a tierra ¿Por qué? Porque no poseía la intuición ¿Qué es esta intuición? Es una onda de voluntad que viene desde el futuro y, sin dejarlo reflexionar, deviene la representación de aquello que, no es que él deba hacer, sino que ya ha hecho. Esto sucede siempre, también cuando cojo un tranvía en marcha. Realizo una acción para lo cual el pensamiento se me ha anticipado. Es decir, tengo una anticipación del pensamiento respecto a lo que se hace. En la guerra esto sucede siempre. Sucede también para aquellos que salen al encuentro del destino y quedan sobre el campo, bellos muertos.

     Ahora bien, tenemos dos tipos de movimiento: una que va del pasado hacia el futuro y otro que va desde el futuro hacia el pasado. Alguno dirá: «Pero Pio ¿Qué cuento nos estás contando?». Bien. Daré un ejemplo muy sencillo. Llevamos a casa una calabaza, cuando estamos en la estación. Recomiendo a mi madre, a mi mujer que la riegue todos los días. Y aquí meto un palo. La calabaza crece fuera, corre hacia el palo y trepa por el palo. Esto está claro. Cuando la calabaza está a punto de llegar al palo, quito el palo y lo pongo en otro sitio. La calabaza hace: «Por el lado derecho ¡March!» y enfila hacia el palo sobre el cual después, gloriosamente, trepa. Entonces yo me puedo preguntar: ¿Qué es lo que hace que la calabaza trepe por el palo? Responderé en un italiano muy desgramaticalizado. Es muy sencillo: es la «calabaza ya arremolinada sobre el palo la que induce a la «calabaza no arremolinada» a trepar por el palo ¿Por qué? Es el mundo de la voluntad, aquel que es llamado la causa… Existen dos tipos de causa: la causa pasada que es la que induce la degradación de la materia, que vosotros habéis estudiado en química en la escuela, la materia tiende a degradarse. Después está el movimiento inverso, que por el contrario es como si yo tuviese una cerilla que se estuviese apagando y de repente esta cerilla se inflamase y  POCO PER VOLTA se reconstruyese por dentro toda la estructura de madera, implicando […] un movimiento cósmico porque desde todos los ángulos del Cosmos viene la madera que viene a reformar la cerilla todavía no encendida. Hay dos movimientos. Este segundo es el movimiento mágico. La acción mágica –que yo llamo ascesis a la griega, askesis en griego quiere decir «el ejercicio viril de un hombre»– se llama askesis, la acción de tipo mágico es una acción que viene propiciada a través de una representación potente con exclusión de cualquier otra representación, por tanto es un acto de voluntad, y esta representación viene de POCO PER VOLTA siempre más animada mediante esta onda de pensamiento que se concentra, de manera que en un cierto momento es la voluntad pura la que opera.

     Soy consciente de que hoy suscitará sorpresa oírlo, pero existe un enorme número de personas –no hablamos de los chamanes de los inuit, de los esquimales o de los ainos o de los pieles rojas o los tungusos– que hacen llover a voluntad o soplar en viento de repente. He ofrecido kilómetros de testimonios en mis libros. Pero habrá siempre un número mayor de personas que harán crecer las plantas, que las hacen morir. Antiguamente se decía que «el hombre malvado hace que los campos se sequen». Y se decía que los manantiales se secan porque los hombres se vuelven malos, ya no son capaces de rezar: es absolutamente verdad. Cuando Maria Rosa Eboli, anciana mujer buenísima, santísima, esta anciana de los Abruzzos, que había pasado todos los martirios que puede sufrir una mujer que había dado a luz a ocho hijos, y tenía un marido violento, despilfarrador, etc., iba de noche a plantar plantitas tras haber servido al marido, a los hombres que trabajaban, haber acostado a los niños, salía al campo, cerca de Lucoli, e iba a plantar plantitas porque para ella esto era un complemento de la plegaria. Esta mujer decía: «Es necesario ayudar a estos pobrecillos porque no saben rezar, que blasfeman, que están desesperados. Es necesario ayudarles porque piensan lo que el demonio les dice que piensen. Y no saben pensar porque no dan gracias a la Virgen María».

     Pensad bien que la imagen de la Virgen en el yoga tántrico –consiguientemente hablo del yoga más pecaminoso posible, el de la Mano Izquierda, el yoga tántrico– la imagen de la Virgen, llamada Umâ, que es la parte clara de la voluntad pura del dios súper-pecador que después será Śiva, se considera como la quintaesencia de la voluntad cósmica que se hace voluntad humana. A través de la voluntad que te mantiene vivo puedes plegar a tu voluntad las estrellas. Esta es la verdadera ascesis. Y es la ascesis que los nuevos tiempos exigen al hombre. Es la ascesis, la askesis, el ejercicio de voluntad que comienza, precisamente comienza, con la concentración del pensamiento, ejercitada tres o cinco minutos cada día. La contemplación del mundo viviente, o del mundo pétreo, hasta evocar en este mundo petrificado, hasta evocar aquellas que son las potencias que se hacen visibles, que hacen que el mundo sea así.

     Los antiguos druidas veían –los antiguos druidas como los antiguos sacerdotes. Hablo de hace dos o tres mil años–, los druidas realmente veían hasta hace poco tiempo aquellas entidades encarnadas o desencarnadas que nosotros llamamos Tronos, Sílfides, Sirenas, etc. Las veían porque eran la causa viviente que formaba parte de un diseño mucho mayor, merced al cual el mundo devenía lo que es. Ahora bien, este tipo de videncia es el que puede restituir su significado al mundo petrificado a su dimensión física insensible. Y mientras lo restituye al hombre, al mundo, el hombre recupera las dimensiones del propio yo que no son las dimensiones cotidianas, las dimensiones banales de nuestro flotar sobre la existencia hasta que la muerte nos enseñe un saber mayor, sino que se trata de las dimensiones cósmicas de la realidad. Hemos sido plasmados de la lava de los volcanes, del verde de los bosques, de las estrellas que en el espacio sidéreo nos resplandecen entre sí. Debemos ensamblar la representación con la voluntad. Por lo tanto, ejercitar la voluntad.

     Pensad en el tormento cuando, teniendo que hacer un examen, vuestra memoria se niega a aprender. Porque nuestra memoria está hipnotizada en las dimensiones del pensamiento muerto y rechaza aprender. Hoy he visto en la playa a una joven que preparaba «Análisis matemático 2». Una estudiante de ingeniería. Y esta joven hace un esfuerzo, y un esfuerzo verdaderamente mágico, que, sin embargo, se pierde ¿Por que? Pasado este esfuerzo, la realidad es para ella lo que ha aprendido, no la potencia de voluntad que fluye a través del esfuerzo. Mirad, cito, hablando en medio de hombres, cito aquel esfuerzo brutal que hace un hombre cuando siendo joven, hoy no es el caso de hablar sobre ello, participa en una guerra. Por el hecho de caminar adormecido desde el cansancio hasta la fatiga. No sé, cuando se desplegó –recuerdo– una cierta división de la que yo era uno de tantos. Era un sargento en una compañía en la que todos los oficiales habían muerto o estaban carcomidos por la enfermedad. Marchamos, mi capitán y yo –yo llevaba mis veintitrés kilos de ordenanza sobre la espalda más, de reserva, una pieza de una ametralladora– marchamos durante treinta y seis horas. Si no encontrábamos a través del inmenso desierto africano un cable que corría de través, un cable del teléfono de la compañía mando de la división, estábamos fastidiados, acabaríamos en la boca de los australianos. Con todo el peso encima. Y os aseguro que cuando hacíamos aquellos esfuerzos allí, el pensar, el soñar, no entendíamos si estábamos vivos, muertos, adormecidos, etc.

     Esto en los esfuerzos extremos: pensad en cuando trepáis por una roca que empieza a hacer bromas de este tipo. No puedes distraerte, no puedes pensar en otra cosa, entonces dices: «¡Maldita sea! Tengo que concentrar todo el pensamiento en lo que hago», pero tengo una distracción que me succiona desde abajo ¿Qué es el destino del hombre? Aquello que nosotros asumimos como destino, que nos golpea siempre entre el cuello y la cabeza y que nos hace aquellas gigantescas malas pasadas no es otro que el mundo de la voluntad no consumada. Aquello que en el mundo de la voluntad es el proceder de la voluntad, en el mundo del pensamiento es el proceder del pasado hacia el futuro. Cuando nosotros asumimos la voluntad pasivamente, ésta nos cae encima como destino. Prácticamente el hecho de conocer aquello que los indios llaman karman… nosotros decimos destino como algo fatal: los hindús lo llaman karman y os doy la interpretación latina. En sánscrito el término karmancasualidad quiere decir kar; man es eso qué, por tanto se trata de eso que en latín llamaremos creamen. Al igual que se dice flumen del verbo fluere, como se dice flamen del verbo flare, soplar. Creamen. A esto los hindús lo llaman destino. Pero cuando lo llaman karman ¿Qué quiere decir? Para decirlo en el lenguaje de los niños es aquello que tú te haces con tu santa blanca manita. Lo que tú te fabricas de ti mismo. El destino cuando te golpea la cabeza, es todo aquello que no has digerido a través de la ascesis del pensar, porque lo has hecho fluir la voluntad a través del pensar. Vivimos en medio de pensamientos flotantes que son prácticamente cadáveres. Asociaciones de pensamiento, cono por ejemplo, no sé, «Voy por la calle, veo un gato, y pienso “Ah mi prima tiene un buen gato. Ya, pero a mi prima se le cae el tejado ¿Por qué se le cae el tejado? ¡Ah! Porque el inquilino se niega… Pero que borde este inquilino…” Y así se continúa hasta el infinito. De la prima se pasa a la vecina, por la señora al vecino de la casa de enfrente “¡Bonita casa! O también, “Vaya hija más guapa” y esperamos que no esté ya comprometida».

     Y esta serie de pensamientos que acompaña toda nuestra vida es nuestra condena a muerte. Ésta es la razón por la que no levantamos la piedra y no vemos el gnomo, y el gnomo se ríe de nuestra estupidez. En el Norte, donde todavía, por ejemplo en la landa de Lüneburg, o en ciertas zonas de las Highland, del Tyr Na Nog, como dicen en gaélico. La Tierra Alta de Escocia, existen las condiciones locales por la que puedes tener la suerte de ver cosas que no se ven en otro lugar. En el Norte dicen que los gnomos, los elfos, se ríen de los hombres, les hacen caer en trampas. Ellos son los custodios de los tesoros. Pero ¿Por qué? Porque gozan al ver al hombre desesperado que gira entorno al tesoro y no llega a encontrarlo porque no es dueño de sus propios pensamientos. Y concluyo recordando el inicio del Dhamma-Pada, los versos de la Ley del Buddha. Que dice: «Todas las cosas están hechas de pensamiento. Aquel que no controla el pensamiento es como un hombre adormecido que espera la muerte. Aquel que doma su propio pensamiento, él se levantará entre el resto de los hombres como un despertado entre los durmientes».

     Con esto, queridos hijos, habéis estado escuchando durante una hora. Parece que sea hora de ir a casa. Bien. [Interrupción de audio]

     He asistido a la proyección de películas de acción del viejo maestro Ueshiba. Sabéis que entre mis muchas locuras juveniles, una de las cuales se ha prolongado hasta los setenta años, he practicado algunos años –pocos, una docena de años nada más– el aikido. Y el maestro de aikido era el anciano Ueshiba. Por un pelo no llegué a tener el cinturón negro firmado por él. Pero abreviando. La que tengo ni siquiera la merezco. Bien. Hay acciones por ejemplo, no sé, cuando Él está con las manos en la masa y le ataca un hombre con la espada levantada. En el instante siguiente el hombre tiene un lápiz en la garganta. El maestro Ueshiba no está delante, está detrás. Y la espada ha caído al vació. En estas películas hay escenas vacías, en las que no hay nadie, no hay nada. No por defecto cinematográfico, sino porque el maestro Ueshiba practicaba un arte iniciático. Que después se ha convertido en el aikido, más o menos conocido según países y escuelas, o el karate según el estilo Shaolin o el estilo… [Interrupción de audio] Porque el punto en el cual el pensar se identifica con la voluntad. Entonces la voluntad actúa a través de tu cuerpo. Esos tipos que veis en las películas… [Interrupción de audio] Tras el nacimiento y la muerte te sirve para vivir y realizar las acciones más banales durante la vida. Este músculo reconvierte en un obstáculo para el fluir de aquella determinada fuerza que los chinos llaman chi y los japoneses llaman ki ¿No? Los hindúes llaman prana. Que es la fuerza vital, la fuerza del éter de vida, el éter de vida que posee un movimiento que es exactamente opuesto al movimiento que nosotros realizamos durante la vida. Un buen ejercicio que me recomendaba un amigo, por ejemplo, durante una marcha– lo digo para aquellos que harán el servicio militar, por ejemplo en  las tropas de montaña– es, mientras se camina, primero imaginarse y después percibir el propio introducirse en la piernas paso a paso, etc.

 

(Traducción Olegario de las Eras)         

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