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Identidad y Tradición

LA CABALLERÍA EN LA MEMORIA DE LA CORONA DE ARAGÓN

LA CABALLERÍA EN LA MEMORIA DE LA CORONA DE ARAGÓN

Por E. Monsonís

 

La historia de la Corona de Aragón es antigua. Sus orígenes y sus fundamentos medievales se hunden en otro lugar distante geográficamente, situado en las frías y duras tierras del norte de Europa. Desde el sur de la actual Suecia partió el antiguo y mal conocido pueblo de los godos hacia las más templadas tierras del sur europeo. Tras cuatro siglos de peregrinajes, guerras y vicisitudes de todo tipo, unos cien mil hombres pertenecientes a la rama de los visigodos se establecieron como aliados del ya involucionado Imperio romano en la Galia meridional, fundando el reino de Tolosa. Aquella zona, germen de los posteriores enclaves catalanes de la futura Marca Hispánica, y masivamente colonizada por estos visigodos , fue llamada Gothia, nombre que sería transmitido a sus descendientes de más al sur y que ha sido perpetuado en la forma onomástica  actual de Cataluña. Extendidos por Hispania primero, feudatarios de los francos después, reencontrados los de Tolosa con sus hermanos  refugiados durante la invasión islámica de la península ibérica más tarde, los visigodos afirmaron su  ancestral vocación  guerrera en Tolosa, rechazando con el apoyo de los francos la penetración militar de los árabes más allá de los Pirineos. En el contexto de esta resistencia así como en la voluntad de reconquista posterior, debemos encontrar el nacimiento de la marca fronteriza llamada hispánica en honor de estos godos, conocidos como hispani por los godos de Tolosa.

Tras varias batallas de resistencia en Tolosa y Poitiers, los hijos de Gotland vuelven a reunirse en la nueva Gothia iniciando y acaudillando, como en el noroeste sus hermanos godo-asturianos la reconquista del territorio hispánico. Así nacerán los condados de la Marca Hispánica que con el tiempo debido al gentilicio con el que era conocida su elite dirigente pasará a llamarse Catalunya. Las batallas de Tolosa y Poitiers y la restauración imperial llevada a cabo por Carlomagno, iniciaban de esta manera una nueva época en la que las tradiciones germánicas, y una visión del mundo bajo el doble estandarte del Imperio y de una Cristiandad influida por el elemento germánico instauraron un nuevo Orden en toda Europa. Las tierras reconquistadas no fueron ajenas a esta transformación y nueva restauración imperial. De esta forma, la Caballería impuso su ética y su política, y las nuevas relaciones existentes en estos condados fueron feudales como en el resto de las tierras europeas. La restauración imperial carolingia propiciada tras el Tratado de Verdún, supuso la instauración de Sunyer y Sunifred de la casa de goda de Carcassona al frente de la mayoría de los incipientes condados catalanes. Sus herederos, fieles a la casa carolingia y empeñados en la guerra de resistencia-reconquista europea surgida en diversos puntos peninsulares afianzarán la presencia de los caballeros de origen godo en estas tierras. Wifred , conde de Urgel y Cerdanya desde el año 870 obtiene los condados de Barcelona, Gerona y Besalú y su hermano Miró el de Roselló, mientras que su primo Sunyer heredará el antiguo condado de su padre, Ampurias.

En muy poco tiempo se extiende por estas tierras el ideal caballeresco, lleno de influencias germánicas, guerrero y con vocación heroica, más cerca de un paganismo campesino que del cristianismo que ya tomaba la iniciativa espiritual de este mundo. La Iglesia cristiana consciente de esta realidad  intenta cristianizar a nivel europeo un mundo que por esencia era totalmente alejado de sus orígenes y cosmovisión. De esta manera, se produce una cristianización de la caballería germánica y al mismo tiempo una germanización del cristianismo, cuyo resultado fue un catolicismo sincrético que informará claramente a Europa en su época medieval, positivo en algunos aspectos pero con un fin muy claro y contrario al elemento germánico europeo. Ejemplos de este proceso los encontramos por una parte en el mito del Grial y por otra en el ideal de Cruzada.

El mito del Grial, importantísimo y poderoso para el mundo de la Caballería europea en la Edad Media, también tendrá una importante relación e influencia con la Corona de Aragón. El Grial, parte central de los textos artúricos ha sido sin embargo notablemente confundido. Evocador de antiguas iniciaciones guerreras, ligado a la búsqueda y al principio activo del guerrero, el destino de la búsqueda del Grial debía llevar a la gran guerra para pasar de la caballería material a la caballería espiritual. También aparece en diversos textos de influencia céltica como un objeto inmaterial, como piedra celeste o como copa, haciendo alusión en todos estos conceptos al conocimiento superior, a la virilidad,  y a la conquista. También el Grial fue cristianizado, y finalmente la «copa» pasó a convertirse en el cáliz de la última cena de Jesús de Nazareth. De este supuesto objeto o de algo relacionado con el verdadero Grial hay sobradas referencias en Cataluña y Aragón, sobretodo en zonas montañosas cuando no en los mismos Pirineos. Se habla de zonas consideradas especiales desde antes de la llegada del cristianismo, el Montsegur occitano, la zona del Moncayo tan vinculada al Temple y cuyos ecos podemos leer en la leyenda del «monte de las ánimas» de Becquer, Sant Pere de Rodes, edificado sobre antiguos templos paganos de Roma, conocido como la Sede del Grial catalán, por supuesto y ya en versión totalmente cristianizada en el antiguo y montañoso monasterio de San Juan de la Peña, en la abadía benedictina de Montserrat, y finalmente en la catedral de Valencia, donde se adora una vasija como cáliz de la última cena de Jesús de Nazareth.

 También en las Cruzadas  desemboca el impulso conquistador y guerrero contra el enemigo extraño, con el espiritual y religioso contra el enemigo de otras creencias. Europa contra el extranjero, la Cristiandad contra el Islam. La Cruzada aparece como empresa europea de reconquista, en Jerusalén, mítico para la religión cristiana, pero también en la península ibérica. La doble vertiente, espiritual y guerrera, perdida años atrás entre romanos y germanos vuelve a aparecer, aunque en esta vez, fatalmente, el poder del Papado tiene una influencia importante, precisamente en su afán de supervivencia ante la todavía gran energía germánica presente en la élite dominante en el mundo medieval, y por otra parte en su afán de dominación y control.

No es de extrañar el influjo que esta guerra sin fronteras geográficas en la que guerreros de la misma sangre y origen, surgidos de toda Europa se movilizan por un ideal superior de afirmación y fraternidad guerrera, tuvo entre los caballeros de origen germánico ya cristianizados. Las Cruzadas fueron la gran empresa guerrera de Europa en la Edad Media. También en la antigua Gothia, así como en los incipientes enclaves de Aragón y de Catalunya empeñados en su propia Cruzada.

Este ideal de Cruzada tendrá una gran importancia tanto en el nacimiento como en la trayectoria posterior de Catalunya y Aragón, quedando bien presente tanto en su mitología como en sus símbolos, y hoy podemos ver como las antiguas enseñas de Catalunya –con la cruz de San Jorge– o de Aragón –cuatro cabezas de moro cortadas separadas por una cruz de palos iguales– recogen perfectamente las ideas de este mito reconquistador representado bajo el símbolo de la cruz, símbolo que tanta importancia había tenido como lábaro entre los primeros godos de la reconquista. Aunque no muy numerosos debido a estar ocupados en la recuperación de las tierras del Ebro, no faltaron catalanes o aragoneses en las Cruzadas de Ultramar, y al mismo tiempo caballeros de otros rincones de Europa, algunos de ellos Cruzados como Gaston de Bearn, participaron en la reconquista de las tierras del nordeste peninsular. En el caso de Zaragoza, por ejemplo, había sido proclamada su conquista en el Concilio de Tolosa como Cruzada, participando en la misma,  caballeros llegados de tierras palestinas.

Es en este doble contexto, el del Grial y el de las Cruzadas, donde surgen las Órdenes de Caballería, en las que se funde de forma sublime la doble vertiente guerrera y la espiritual, íntimamente ligadas. En el ciclo del Grial resucitan los elementos de la mitología nórdica que unidos a su primitivo significado devolverán su significado a las antiguas sagas germánicas que mantienen el mundo de la caballería medieval y que mediante diversas tradiciones secretas se unirán en el ideal gibelino del Imperium. Es precisamente entre los siglos XII y XIII en pleno apogeo del gibelinismo cuando la caballería medieval se encuentra en sus mejores momentos, cuando surgen los textos del Grial y florece las Ordenes Militares, en especial la de los Templarios. A decir de Evola «durante cerca de siglo y medio todo el Occidente caballeresco vivió intensamente el mito de la Corte de Arturo y de sus caballeros que se entregan a la búsqueda del Grial. Fue como el progresivo saturarse de un clima histórico al que pronto siguió una brusca ruptura. Ese despertar de una tradición heroica vinculada a una idea imperial universal debía suscitar fatalmente fuerzas enemigas y conducir finalmente al choque con el catolicismo».

En este contexto de Cruzadas e ideales caballerescos, en pleno siglo XII entran las Órdenes Militares en Aragón, posiblemente de la mano de Alfonso I el Batallador muy influido por el ideal de la Cruzada, mientras que en el año 1131 el conde de Barcelona y señor de Provenza, Ramón Berenguer III pedía su ingreso en la Orden de los Templarios. No deja de ser significativo que el primero en su testamento donara en herencia sus reinos a las Ordenes Militares, ni que finalmente el nuevo conde de Barcelona Ramón Berenguer IV siguiendo los consejos de su padre templario lograra reunir en el año de 1143 a los principales señores catalanes al frente de una nutrida representación templaria revitalizando la guerra y reconquista con la unión de Cataluña y Aragón tras su matrimonio con Petronila, sobrina y sucesora de Alfonso I. La Orden del Temple actuará durante los siguientes años como garante y protectora de este proceso. De esta forma los caballeros catalanes se unirán de manera determinante a las Ordenes Militares. Existen numerosos ejemplos de este vínculo, en 1131 Guerau II de Cabrera, uno de los nobles más principales de Urgell hizo testamento a favor de los caballeros hospitalarios, mientras que cincuenta años más tarde su sucesor Gombau III de Ribelles, casado con Marquesa de Cabrera pidió ser enterrado en la encomienda templaria de Gardeny. Son solo dos ejemplos de los numerosísimos en los que familias nobles, de mayor o menor poder, que en Cataluña y Aragón mantuvieron importantes relaciones con las Órdenes Militares en aquellos siglos XII y XIII de esplendor medieval. Tal como en la Normandía francesa había pedido Guillermo el mariscal ser enterrado con el hábito templario, en Cataluña numerosos caballeros realizaron también este ritual. Los templarios participaron durante estos siglos en la dirección política de Aragón-Catalunya y fueron protagonistas de numerosas acciones militares de la reconquista como el sitio de Tortosa, la ocupación de Lérida o Miravet. También participaron decisivamente junto a las tropas catalano-aragonesas a las que su unieron provenzales, languedocianos y otras gentes ultrapirenaicas capitaneadas por el rey Pedro II en la victoria de las navas de Tolosa frente a los almohades. Precisamente este rey, acabará sus días luchando en la batalla de Muret en 1213, encuentro en el que las fuerzas de la Iglesia y el Papado, unidas a los intereses materiales de la monarquía francesa dieron un duro golpe a las fuerzas que le eran contrarias y en concreto a la Corona de Aragón que perdería gran parte de su influencia en las zonas de la antigua Gothia. No participaron sin embargo los templarios en dicha batalla, ni a favor ni en contra, pero sí que educaron al nuevo rey huérfano, Jaime I, en su castillo de Monzón. Este rey continuó la Cruzada de reconquista de sus antepasados completando la conquista de las tierras del sur y de las islas Baleares y creando con ello los nuevos reinos de Mallorca y Valencia. La influencia y participación de los templarios, y de otras Ordenes Militares como hospitalarios y calatravos en esta empresa fue notable, quedando para las mismas importantes posesiones en los nuevos territorios, en concreto la agreste y misteriosa área montañosa del norte de la actual provincia de Castellón conocida desde entonces como el Maestrazgo. Es de destacar , que junto a las tropas catalano-aragonesas y a las Ordenes Militares, participaron en la reconquista y posterior repoblación de Valencia otros contingentes llegados de Navarra, Occitania, Provenza, e incluso de otros lugares de Francia, Alemania e incluso las islas británicas, confirmándose con ello la europeidad de la reconquista de la península ibérica dentro del marco de la gran Cruzada de afirmación europea llevada a cabo durante los siglos XII y XIII por la Caballería medieval.

El final del siglo XIII marca el inicio de la decadencia de la gran Caballería medieval europea. La derrota de Muret y la destrucción de la Gothia meridional, el aumento de la influencia y control del Papado y del cristianismo sobre las monarquías europeas, y la violenta destrucción de la Orden del Temple, principal milicia de las corrientes partidarias del Imperio, aceleraron la conversión de la élite aristocrática de la Caballería en una mera clase social detentadora de un cierto poder material que paulatinamente fue olvidando sus principios y finalidades. El consecuente triunfo del materialismo como ideología occidental propiciará siglos después el triunfo de las ideologías materialistas y el hundimiento definitivo de la influencia de los principios de la Caballería en Europa.

En la Corona de Aragón, la orden papal de destrucción del Temple fue aceptada a regañadientes. Lejos quedaba aquella época en la que los principales señores catalanes pedían ser enterrados con hábito templario y hasta reyes cedían sus posesiones a esta Orden.

En las nuevas tierras de Valencia muchos vástagos de las antiguas familias catalanas de origen godo se establecieron buscando nuevas oportunidades. Llevaron su sangre y algunos sus armas, pero la reconquista ya estaba  finalizando y los hombres de guerra empezaban a ser más molestos que necesarios. La Gran Caballería medieval estaba siendo prácticamente desactivada y los retoños de los linajes godos deberán iniciar nuevos oficios pacíficos para poder sobrevivir. Los generosos y homens de paratge del reino de Valencia, la mayoría de origen catalán se convertirán con el tiempo, por lo demás imbuidos en el mismo proceso de desactivación que afectaba a toda la Europa medieval, en pálidos reflejos de lo que fue la Caballería.

En lo que respecta a la destrucción de la Orden del Temple, muy violenta y represiva en otras zonas de Europa, tuvo una forma mucha más pacífica en Aragón. El ambiguo rey Jaime II ofreció sus reservas al Papado sobre las acusaciones vertidas sobre una Orden Militar tradicionalmente aliada de la Corona catalano-aragonesa y de probado prestigio en sus tierras. Finalmente el rey catalán cedió una vez más a las pretensiones del Papado –como ya lo había hecho antes al aliarse con los Anjou en contra de la rama Aragón de Sicilia– y aplicó las órdenes del Papa, aunque de forma pacífica a excepción de los castillos de Miravet y Monzón que opusieron cierta resistencia a las tropas reales. Posteriormente fue el animador de la creación la Orden de Santa María de Montesa para completar la reconquista del Reino de Valencia. Esta Milicia, orden militar valenciana por antonomasia, fue creada en Barcelona en 1319 por iniciativa real y con la frialdad del Papado que se resistió a dar la bula de autorización, y fue formada desde el principio con caballeros hospitalarios de antiguas y esclarecidas familias catalanas. Bajo control de hospitalarios y calatravos, los nuevos caballeros de Montesa quedaron con todo el patrimonio templario del Reino de Valencia. Con el tiempo, la Orden quedó bajo el control del rey de Aragón, y fue la tradicional orden valenciana de caballería, que como las demás perdieron todo vínculo con los verdaderos principios y esencia de la Caballería a la llegada de la Edad Moderna.

De la Caballería, tan sólo quedan en Aragón algunos símbolos para quien quiera encontrarlos, leyendas e historias, derruidos pero orgullosos castillos que se resisten a desaparecer, y sobre todo esos antiguos, perdidos y evocadores lugares entre  montañas y  bosques, lugares que nos transmiten los ecos de recuerdos también extraviadas en lo más lejano de nuestra memoria.

Hará falta buscarlo para poder recuperarlo.

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