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Identidad y Tradición

El anti-arte de lo absurdo

El anti-arte de lo absurdo

Siempre recordaré la primera vez que fui a una exposición del llamado “arte moderno”. Me encontraba estudiando en mis primeros años de facultad, en la biblioteca de una conocida fundación bancaria, y en ese mismo edificio se podía visitar gratuitamente una importante exposición de arte moderno que había pasado por las principales ciudades de Europa. Del nombre de los principales y “conocidísimos” supuestos “artistas” -creo que norteamericanos-, ni me acuerdo, ni quiero acordarme. El caso es que, mitad por curiosidad-hasta entonces el fenómeno del arte moderno, pese al IVAM, me había sumido en la más profunda indiferencia-, mitad por tener una excusa por abandonar temporalmente los apuntes de Derecho Civil, me acerqué a la renombrada exposición escultórica-pictórica tan anunciada, promocionada y aconsejada en los círculos culturales y universitarios de la ciudad.

 

Nada más entrar llamaba la atención por estar en el medio de la sala, una enorme escultura iluminada desde un potente foco en el techo, consistente en una especie de balón negro y un cilindro rojo pegado al balón. Al principio no sabía muy bien si se trataba de un mero efecto”decorativo” o de parte de la exposición, pero pronto vi la consiguiente ficha explicativa. Me negué a leerla. El resto de la exposición consistía en cuadros de un solo color, o como mucho con manchas, o con una sola mancha, o sin  lienzo y con una llave en medio, trozos de madera pegados, hierros retorcidos y oxidados y cosas por el estilo. También, y para completar el panorama había una sección dedicada el mal gusto, donde se podía contemplar desde un Jesús crucificado con orejas de burro, seres monstruosos-y permítanme la licencia-pésimamente dibujados en pleno coito con... creo que burros, y más cosas de las que prefiero no acordarme, y por supuesto, dejar de horrorizar al sufrido lector.

 

Me fui de allí profundamente asqueado y sin terminar de visitar aquella especie de sala de los horrores, créanme, con ganas de volver al maravilloso Derecho Civil. La conclusión que saqué era la de preguntarme qué especie de mente perturbada puede crear tales chorradas, quién puede pensar que eso sea arte, y por qué una importante fundación bancaria apoyada por las instituciones culturales y educativas oficiales promueve, subvenciona y fomenta esta porquería amorfa que se ha dado en incluir en el llamado “arte moderno”. Había podido comprobar que a los demás compañeros de estudios que habían pasado por allí les había parecido también una muestra de degeneración sin ningún sentido, y a excepción de algún que otro payaso snob, cursi, moderno y, permítaseme la palabra, gilipoyas, que presume de encontrar sentido y explicación a lo que no lo tiene, creo que cualquier persona normal con un mínimo de sentido de la belleza y de la estética coincidiría con la posición de rechazo de los que esa tarde estuvimos allí.

 

A partir de esa tarde, empecé a descubrir este tipo de “muestras”, por llamarlas de alguna manera en otros campos antaño ocupados por el Arte, desde la música, que nos había llagado a los de nuestra generación profundamente degenerada sin apenas percibirlo, a la arquitectura urbana pasando por el cine, la literatura barata y sexista, teatro e incluso-y esto es bastante terrorífico- a los dibujos animados. Todos hemos visto orejas gigantes con patas que van persiguiendo a pequeños monstruitos con un solo ojo y dos pelos dibujados a un solo trazado y montados en un teléfono rosa. Cualquiera que entre en la ciudad de Valencia desde Alicante puede ver en su máximo apogeo una de las principales muestras de arte urbanístico valenciano, me refiero a la fuente conocida por los valencianos como “la pantera rosa” que consiste en una especie de torre metálica oxidada de unos veinte metros de altura acabado en una especie de plataforma cuadrada de la que sale un cilindro por donde cae un chorro de agua a una especie de piscina rodeada de balones de plomo. No sé muy bien qué significa, porque me niego a creer que se trate de un monumento a la conocida homónima rosa, pero una cosa sí se, es fea, absurda y está oxidada, y la modesta fuente a la que sustituía era mucho más bonita, sencilla y popular, y además no imitaba a ningún dibujo animado americano. Pues bien, esta maravillosa obra fue encargada por la autoridad municipal y por ella pagamos muchos millones.

 

La conclusión que saco de todo esto, es el interés por parte del poder, de ir ignorando paulatinamente el verdadero Arte-por otra parte imposible de ignorar-, para fomentar  un figurismo que solo puede expresar desorden, anti-belleza, desarraigo, mestizaje, caos... es decir lo absurdo: el anti-Arte.

 

La Historia nos enseña que todas las civilizaciones y sistemas políticos caen tarde o temprano dejándonos ciertas muestras del carácter de las mismas precisamente mediante sus obras artísticas, ahí tenemos Roma, Grecia, la Viena imperial, los castillos medievales, las catedrales, el románico y el gótico, o muestras cinematográficas como las de Leni Riefensthal o esculturas como las de Arno Breker por poner sólo algunos ejemplos de sistemas esplendorosos definidos perfectamente por las muestras de expresión artística que nos legaron. Sin embargo cuando caiga este sistema en el futuro y surja otra civilización mejor, dejando aparte la destrucción que de la naturaleza y del entorno rural se ha realizado en los últimos cincuenta años, si nos tiene que juzgar por las muestras ideográficas  que dejemos, se calificará a este sistema como caótico, anti-natural, absurdo y horrible. Quién sabe, a lo mejor los hombres del futuro tendrían razón.

 

                                                                                   E.MONSONÍS

 

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