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Identidad y Tradición

TRADICIÓN Y TRADICIONALISMO

TRADICIÓN Y TRADICIONALISMO

Pio Filippani Ronconi

 

     Es indudable que el dogmatismo constituye uno de los peores problemas de nuestro tiempo, en el que la humanidad actual debería estar guiada, según universal anhelo, por una ciencia fundada sobre lógica y experiencia. El dogmatismo sustituye la experiencia viviente del mundo, ya de por sí inexpresable, por una trascripción abstracta de su movimiento asumido como contenido. Contenido que, por descontado, se establece precisamente porque se «comprende» y se comprende porque se enuncia. Pero, en realidad, se elude.

     El significado de toda la realidad queda reducido, a la manera de Procusto, a un sistema de axiomas, cuya aceptación o rechazo, registrados sobre una octava emotiva, deviene un hecho moral («si no nos crees eres un malvado»). En un ámbito como el de la religión, sólo por ofrecer un ejemplo, el dogma establece lo que es necesario creer y de qué modo hacerlo: su magisterio rechaza categóricamente la experiencia directa bajo la pura naturaleza espiritual de los principios enunciados –experiencia directa, entiéndase bien, según identidad entre sujeto y objeto en el sentido del anubhava indio–, admitiendo sólo un experiencia indirecta a través de principios morales, quedando así reducida, de una concreta experiencia del fundamento divino del universo y de la existencia humana, a una práctica de normas ético-sociales impregnada de sentimiento «religioso».

     Lo sobrenatural, que se manifestaba mediante el sentimiento de la presencia de lo sacro en la vida cotidiana y a través de la misma percepción objetiva del mundo, queda diferido a una presunta experiencia ultraterrena. También el «milagro», cuando –a toro pasado– se reconoce como tal, contribuye a cohonestar un comportamiento conforme a la Ley revelada, más que a hacer patente una experiencia a-nómica del mundo divino. Sin embargo, es natural que en una comunidad, como puede serlo un Estado o un comunidad religiosa, sean la norma, la ley y la tradición las que moderen el comportamiento de sus miembros, sin que, no obstante, aquellas pretendan constituir el fundamento de la experiencia espiritual, del significado íntimo e inefable de su realidad de éstos, tal y como quisieran los depositarios de todas las tradiciones, rabinos, escribas y fariseos de toda fe religiosa, política y social elevada hoy al nivel de verdad «científica».

     El dogmatismo nace del hecho de que el hombre post-antiguo ha seguido la tendencia a reducir toda la realidad a un limite mental, asumido como criterio extremo de verdad, allí donde el hombre antiguo percibía una condición de caída. No obstante, también él conocía un límite, aquel por el cual la experiencia de un pensamiento, todavía no totalmente sumido en la dimensión abstracta, «indicando la dirección hacia lo supramental, al cual el hombre podía elevarse puesto que se sentía esencialmente fundado sobre dicho supramental»1, poseía un valor noético, constituyendo una toma de contacto con aquel mundus imaginalis, mediador entre lo sensible y lo inteligible2, que la mística «islámica», de Avicena y Sohrawardì y a Ibn ´Arabî y Jalâlu´d-Dîn Rûmî, denominará el ´âlam al-mithâm, desde el que los arquetipos celestes, a guisa de «formas suspendidas» (suwar mu´ allaqât), operan sobre la realidad sensible imprimiéndose en ella como «iconos» (asnâm).

     Volviendo a nosotros, dado que el hombre moderno, ajeno a una ascesis de pensamiento seria, no tiene acceso a dicho mundus imaginalis, en el que la realidad objetiva de las cosas se transmuta continuamente en su significado dentro del Todo, de lo que resulta que la formulación dogmática de lo denominado «verdadero» se confía continuamente al elemento mental abstracto, como efecto de lo cual se posee una experiencia meramente refleja. Para corroborarla, se recurre al factor psíquico y emocional que tiende a transformarse en un elemento obsesivo, en una infección anímica que se asume, erróneamente, como una experiencia «mística». Esto explica porqué toda formulación dogmático-ideológica repetitiva se corresponda con una auténtica explosión en la colectividad de fuerzas irracionales y de comportamientos subhumanos, todos cuantos se han verificado en los últimos quince siglos de historia desde el martirio de Hipatia a la Revolución de Octubre.

     Este fenómeno se percibe particularmente en la moderna exhumación de Tradiciones del pasado y en la asunción crítica de sus formas como nuevas normas ordenadoras de la vida individual y social o, peor todavía, con la intención de trascender la propia condición existencial mediante, por ejemplo, cualquier tipo de yoga, de sufismo, tantrismo, etc... Para el realista ingenuo se trata de disponer de una forma codificada cualquiera de la Tradición que sea: entonces considera de estar iniciado «virtualmente» porque «sabe» cómo funciona el Todo. La experiencia de su contenido no le interesa porque es incapaz de discernir el movimiento de pensamiento puro inherente al representar, que constituye un hecho de pura voluntad a-conceptual: para él, lo Verdadero es, en el fondo, la «cosa» petrificada en el tiempo y el espacio, no el Verbo inefable que se hace también aquella cosa. Poseyendo la Ley, a ser posible escrita, cree poseer la Salvación: ¡Cuando son muchos los que creen, la cosa se hace más verdadera!

     De esta manera se elude el fin fundamental de la verdadera Tradición en lo que concierne al hombre moderno, aquello que de alguna manera puede justificar el actual «oscurecimiento de los dioses» y la inmersión del hombre actual en la materialidad «extensa y mensurable» que es el objeto de la ciencia desde hace tres siglos. El fin al que estamos haciendo alusión es la verdadera y auténtica penetración en el misterio del mundo mineral: el encuentro del pensamiento con el dato sensible, por tanto la presencia del Yo consciente dentro de la percepción (que se verifica comúnmente por de bajo del umbral consciente del estado de vigilia), lo que implica una ascesis dirigida al dominio efectivo del pensamiento, el mismo que empleamos para hacer las diez mil cosas de este mundo. Appamado amato-pâdam («La atención es el sendero que conduce a la inmortalidad») decía el Buda y, además, mano-pubbangamâ dhammâ, manosetthâ, mano-mayâ («El pensamiento precede a todas las cosas, las cosas tienen el pensamiento como lo que mejor hay en ellas, las cosas están hechas de pensamiento»3. Verdades, éstas, de las que huyen los espiritualistas de todos los colores como si fuesen el demonio, quienes después, paradójicamente, se vuelven hacia el Oriente tradicional, lo que en fin exigiría de ellos, si fuesen personas serias, una mucho más dura ascesis de pensamiento, vinculado a una teofanía consagrada precisamente por el hecho de no ser experimentada conscientemente sino por mediación del rito y de ser recibida por el alma mediante el sentir.

     Para el Oriente tradicional, la materia se concibe y se experimenta como «natura naturans», por ejemplo, la prakrti india, cuya fenomenología psico-física está estrechamente condicionada por y correlacionada con el sujeto que se la representa. De hecho, en el Sankhya indio, los indrîya («facultades» no «sentidos») subjetivos constituyen la forma a priori de aquello que se hace substancia y objeto en su propia actividad, ocasión para su aparecer. Esta condición era real para el hombre antiguo que vivía inmerso en el mundo de los dioses, cuya inspiración resonaba hasta en lo más íntimo de su textura física: para conocerlos sólo había que encerrarse en sí mismo y aislarse del mundo, percibiéndolos dentro de la propia interioridad, como hace el yogin... («cierra todas las puertas de los sentidos, restringe la mente dentro del corazón...»).

     La posición radicalmente opuesta es la que encontramos entre los últimos filósofos-alquimistas, aquellos verdaderos del género de Boehme, Paracelso y Teofrasto, que no dudaban –en los umbrales de la modernidad– en definirse como «die wahren Materialisten»4, en tanto que la contemplación del dato sensible les conducía a realizar, como hecho interior, la esencia espiritual del objeto material o del fenómeno contemplado. En los umbrales de la experiencia científico-materialista del mundo, continuaban, no obstante en calve moderna y occidental, la que había sido la búsqueda de un Jâbir ibn Hayyân (siglo VIII) y de una cohorte de gnósticos, por lo general persas y a menudo ismaelitas, por tanto heréticos, dirigida a penetrar contemplativamente la esencialidad de los elementos naturales, las dhâwât que, sobre ondas diversas, representan la «cantidad» de Anima Mundi, Nafs al-Kull, presente en toda sustancia como su peculiar determinación cualitativa: el número que se hace Ángel.

     Dicha contemplación, o manipulación, despertaba en el alma humana la facultad particular que corresponde al elemento objeto de estudio según su jerarquía en el Liber Mundi. La apariencia material del elemento se disuelve en una experiencia iluminadora para el científico-alquimista. Probablemente, el último que comprendió el sentido de la ciencia como poder de resurrección del alma fue Emanuel von Swedenborg que, como él mismo declara, operaba en labor científica y absolutamente vuelto hacia la materialidad práctica del mundo, desarrollando un poder fluídico del pensamiento puro en un estado de suspensión de las facultades vitales y en primer lugar de la respiración.

     Es la «vía del vacío» bien conocida por el Tantra vajrayâna. De este vacío emergía la experiencia identificativa con el poder real, por ejemplo, que conduce a este o aquel elemento a una forma particular de condensación cristalina, susceptible también, de una trascripción según una fórmula matemática particular. Esta «trascripción» es lo que actualmente se considera que es la «ciencia», incapaces como son los modernos de percibir, y por tanto evocar, las potencias que presiden el coagularse y disolverse de la sustancia universal en las diferentes formas de la materia.

     Sin embargo, los ingenuos realistas, los eclesiásticos de todo tipo, creen con furia en una materia que, lejos de constituir el soporte para una experiencia auto-iluminadora, resta una pura y simple representación mental, una materia soñada. Al vacío espiritual motivado por la continua carencia de esta experiencia, porque en el fondo se teme, contraponen una actividad frenética de género para-ético que desemboca en una ideología política o en la adopción de un credo religioso en particular con los que llenar el alma. La Religión, de experiencia del mundo suprasensible, se reduce a actividad social enfocada al bienestar y a la bondad entre los hombres en este mundo. Todos buenos, ninguno libre: el sueño de Lucifer bajo los despojos del Profeta. Es el grito de «¡Paz, Paz!» y de aquel dulzarrón embrassons nous! precursor de las peores desgracias, preludio de persecuciones sin fin hacia aquellos que rechacen el magisterio de la Comunidad y huyan del abrazo materno.

     Para Occidente no es necesario recordar la guerra santa contra los cátaros y su civilización, las hogueras encendidas con los alumbrados españoles en pleno renacimiento y continuadas bajo un signo diverso en otras regiones de Europa contra filósofos, brujas, gentes de otra fe u otra raza, es suficiente mencionar el hecho de que –siempre bajo la bandera del Amor Universal y para instaurar ideales libertarios, igualitarios y fraternos– con un idéntico empuje dogmático, aunque de signo opuesto, hemos tenido la revolución francesa, la revolución rusa con sus actuales corolarios asiáticos y los diferentes despotismos parasocialistas en los diversos países liberados, por así decir, del dominio colonial.

     Pero, siempre a propósito del dogma y del tradicionalismo, conviene no olvidar que también en el Oriente islámico, también igual de tolerante en lo relativo la búsqueda individual (el ijtihâd), murieron en el patíbulo por haber rechazado el magisterio de la Umma auténticas personalidades espirituales como al-Hallâj, al-Hamadhânî y Sohrawardî, entre otras: Avicena apenas si pudo huir de la sospecha rabiosa de los fuqahâ, que le incendiaron la casa y los libros, merced a un príncipe protector a quien convenía disponer de un ministro-médico, Ibn Hazm salió bien librado porque como buen hispano-godo (a pesar del nombre árabe) estaba encerrado en la mansión solariega, bien defendida por los discípulos, meditando sobre las valencias proféticas de Empédocles y Pitágoras, que interpretaba según la disciplina del Arcano.

     Estas cosas se recordarían a los animosos Tradicionalistas vernáculos que, tras las huellas de las «iniciaciones virtuales» publicitadas por un Guénon, van buscando, ignaros de las recomendaciones de Ahmad al-Ghazzaâlî, la iluminación «segura» en el seno de cualquier tarîqa en Oriente, y se levantan en armas –por el momento sólo con la pluma– para defender las pretensiones político-religiosas de cualquier pseudo-imâm o de cualquier tirano local porque se proclaman «tradicionalistas», sin darse cuenta de que para cualquier khânegâh o zawîya que verdaderamente opere en el mundo del espíritu siempre habrá una prohibición dictada por el régimen mediante un mullâ, naturalmente «integrista».

     La supremacía de la res extensa sobre la res cogitans, última consecuencia de la laceración cartesiana, caracteriza al tipo del «primitivo» actual, el elemento de base de aquel que hoy se define como «Tradicionalista». Éste no es en el fondo sino la reencarnación del hombre comunitario de los tiempos antiguos, incapaz de experimentar a día de hoy, a través del pensamiento, aquel elemento luz que entonces se aprehendía mediante el sentir, por la mediación purificadora del rito colectivo.

     Los ismaelitas –por continuar en el Oriente islámico– distinguen dos tipos de hombres: el ahl at taqlîd, la «gente de la imitación», y el ahl atta’yyiò, «la gente de la confirmación», es decir, aquellos que de los dichos de un Profeta, considerado como mediador entre el mundo invisible de las intenciones divinas y el invisible de las formas, encuentran confirmación por la propia realización espiritual, que no procede compulsivamente de un magisterio literal conforme a la voluntad de los más sino transmitida lograda activamente de aquel Intelecto Universal, el ‘Aql al-Kullî, que es el arquetipo en el Cielo del Hombre Primordial, el adam quadîm (el «Adán Primordial») que cada uno de nosotros lleva en su corazón, el ‘Angelos Khristòs de la Gnosis ulterior.

     Los primeros son los secuaces de todas las iglesias y las sinagogas, sean espiritualistas o materialistas, de las cuales se espera la Verdad confeccionada y predigerida; los otros son aquellos que intentan realizar interiormente el significado de lo que –también mediante los sentidos– les llega cotidianamente desde «afuera». Para ellos existe una Tradición, que no es ni moderna ni antigua, sino anterior al tiempo histórico sobre el que se entreteje el drama de la existencia condicionada del hombre. El mundo, que en nuestra conciencia se actualiza como un conjunto de datos sensibles objetivos y de pensamientos subjetivos, se transfigura, es decir, se percibe y entiende como significado esencial de la realidad y por tanto de nosotros mismos. Los antiguos iranios, de los mazdeos de Zaratustra hasta los gnósticos del Ishraq de Sohravardî (siglo XII) poseían la concepción del khvarenanh, el «aura gloriae» que rodeaba la cabeza del Rey legítimamente consagrado y que posteriormente es heredada por los Bodhisattva budistas y los Santos cristianos. Este era el poder que tenía el «Yo-soy» de aquellos personajes de excepción de proyectar la incandescencia del alma sobre la cosa percibida, hasta evocar su arquetipo pre-existencial. Sumos artistas, inventores, poetas y benefactores poseyeron en germen este poder que opera como un ácido alquímico, disgregador del dato material y contingente, de donde hacer emerger la realidad arquetípica que en él encarna.

     La Tierra contemplada por quien posee una virtud semejante se revelaba como el Arcángel femenino del género humano, Spentâ Aremaiti, «El Santo Bien-conexo Pensamiento» en el cual se refleja, como en un espejo, la esencialidad espiritual del contemplador, la daênâReligión, interior, Esencia, yo espiritual, individualidad»)5 que es también el sentido del propio destino. Esto explica por qué Zaratustra detestaba la ebriedad mística de los bebedores del haoma sagrado, los chamanes turanios de la estepa oriental: a él le bastaba contemplar el mundo como es para extraer de él las formas celestiales más allá de la contingencia temporal.

     Esto es la Tradición: el Tradicionalismo es otra cosa.  

Templos en la prehistoria de Europa

 

     «Se han hallado en el corazón de Europa, en Alemania, Austria y Eslovaquia, más de 150 templos datables en el VI milenio antes de nuestra era, cuyas plantas atestiguan conocimientos astronómicos. El descubrimiento puede calificarse de asombroso». La redacción de esta noticia no corresponde exactamente con ninguna de las decenas de informaciones que sobre los descubrimientos mencionados han aparecido en diferentes medios de comunicación, pero creemos que recoge escueta pero fielmente el espíritu de todas ellas. Desde estas páginas de Tierra y Pueblo quisiéramos llamar la atención muy brevemente sobre el hecho de que este descubrimiento no puede calificarse de asombroso porque lo único que hacen es venir a confirmar un cuadro histórico-cultural bastante bien conocido: sin haber podido acceder todavía a las memorias de excavación, resulta bastante claro por la datación y las breves características de los yacimientos que refleja la prensa que estamos ante construcciones pertenecientes a alguna de las culturas regionales integrantes del denominado «Complejo de la Cerámica de Bandas» (5.700-4.300 BC) del primer neolítico europeo y remitimos al magnífico artículo de nuestra colaboradora Teresa I. Cuenca en Tierra y Pueblo nº 3 sobre los orígenes de Europa para más detalles sobre esta y otras culturas de nuestro pasado. Porque si la complejidad cultural y los profundos conocimientos (astronómicos, fisiológicos, etc.,) de las culturas prehistóricas europeas es algo que desde hace muchos decenios no sorprende al mundo académico, lo que sí sorprende todavía es la impermeabilidad del europeo medio (y no tan medio) a los resultados de la investigación científica en este campo. En efecto, ¿Cuántos europeos saben cuando las primeras pirámides egipcias empiezan a construirse (2.700 BC) cuando están ya en su ocaso las diferentes culturas megalíticas europeas (4.800-2.300 BC) en cuyas construcciones hunden sus raíces ideológicas las edificaciones del Valle del Nilo? ¿Y cuantos europeos son conscientes de que en el corazón de Europa, en la Cultura de los Vasos de Embudo (la cultura con fase megalítica en la que podemos identificar los Urvolk y Urheimat indoeuropeos) en el V y IV milenio BC, se han documentado sistemas de signos de carácter escriturario? En realidad muy pocos. Pero lo que es innegable es que sigue existiendo la voluntad de que el mito de que la «Luz procede de Oriente» continúe actuando en el inconsciente de los europeos: para nosotros Europa no debe ser más que un continente de bárbaros redimido por la «cultura» y la «religión» procedentes del Próximo Oriente. Un pueblo sin historia y, por tanto, sin futuro: el sistema aplica el viejo pero eficaz lema orwelliano tanto a los episodios más recientes de nuestro pasado como a nuestros propios orígenes y sus consecuencias pueden se devastadoras. En nuestras manos está el evitarlo.

 

(Traducción Olegario de las Eras)  

 



1 M. Scaligero, La logica contro l’Uomo, p. 13.

2 H. Corbin, Corpo spiriutale e Terra Celeste, pp. 15 - 19.

3 Dhammapâda I, 1.

4 Véase el Berglied, editado por G. Manacorda en 1946. («Die wahren Materialisten»: los verdaderos materialistas. N. del T.).

5 Según Reichelt, Awestisches Elementarbuch, Heidelberg 1909, p. 448.

La vía de La realización

La vía de La realización


Pio Filippani-Ronconi

Trascripción de la conferencia dada en la asociación «Fons Pernnis», calle Stamira 21, 00162 Roma

 

     Por lo tanto, esta es la única (¿última?) conversación que tendré. Incluso, puede que la próxima sea la elegía que alguno de vosotros pronunciará en memoria de Filippani. Veréis que esto lo digo simplemente por darme un poco de ánimo.

     El tema del que voy a hablar no es meramente un tema abstracto, un tema cultural y abstracto. Es, antes bien, una propuesta que puede hacer a cualquier amigo para que sistematice su existencia según dos tipos de modalidad. Una modalidad para vivir en la vida cotidiana de todos nosotros, que es una vida tejida de trabajo, de estudio, de pensamiento, de ansiedad, de preocupación etc. Y después la modalidad que constituye su vocación profunda, la que hace referencia al mundo espiritual. Pero hablo también del mundo vocacional –como se suele decir ahora– de todo hombre. En el sentido de que no vale la pena vivir una vida si no se tiene presente la propia vocación y la manera con la que esta vocación se abre lentamente camino hacia la su realización total durante la existencia de un individuo. Ciertamente, la realización total es siempre un sueño. Quien llegase incluso a los noventa o a los ciento veinte años de vida, cuando llega al final de la vida se percata de que no malogrado alcanzar prácticamente la totalidad de los fines que se había propuesto. Pero lo que posee valor en la existencia no es el hecho de haber alcanzado un objetivo que uno se había propuesto conseguir tal vez a los veinte años, tras ocho, diez, o veinte años… Sino que es la energía que ha puesto en movimiento. Es la fuerza de voluntad, la potencia espiritual. Los mismos errores que uno ha cometido durante una existencia pueden considerarse también como hechos positivos porque a través de tales errores ha movido a actuar una potencia de voluntad, también a través de los fallos, que de otra manera no habría podido.

   En la sociedad nos encontramos con tantos buenos mocetones que han realizado los estudios justos, que tienen el padre justo, la madre justo, el lugar justo donde realizarse, desposan a la mujer justa, etc. Estos individuos que a veces encontramos reflejados en los hombres políticos de éxito –digamos al difunto Martelli o también al putrefacto Spadolini u otra gente de esa calaña– esta gente son, en el fondo, polos de batería, son animales humanos que han crecido en una determinada época para repetir fonográficamente el eslogan de dicha época: «Viva la democracia» «Abajo los malos sentimientos», «Vivan los tercermundistas» o cosas por el estilo, basta ver un diario cualquiera. En la actualidad estamos en un régimen de palinodia, por tanto de arrepentimiento, lo encontramos hasta decir basta.

     Estos polos de batería, prácticamente, hablando en términos tradicionales, digamos hinduistas, se diría que no hacen sino sacar fuera de sí mismos el resultado de las acciones que han realizado en una vida precedente. Por lo que se encuentran tantos agujeros que se corresponden con tantas carencias –bastonazos en la cabeza, periodos pasados en la cárcel, etc.– en cualquier vida precedente. Y aquí tienen una especie de compensación, pero a ellos no sirven absolutamente para nada. Cuando entramos en la vida sobre la Tierra, en la vida en la que tenemos una cabeza, un tórax, brazos, piernas, barriga, etc., etc., y estamos repartidos en dos sexos, el masculino y el femenino, cuando entramos en esta existencia nos encontramos con que podemos contar con dos fuerzas. Dos fuerzas que durante la vida intentamos ejercitar, mejorar, con el fin de vivir mejor. Estas fuerzas son: por un lado el pensar y por otro el querer. El pensar y el querer son las potencias mediante las cuales nos abrimos camino en la existencia.

     En lo que concierne al pensar, tenemos un tipo de fuerza que a través de los milenios se ha ido configurando de manera diferente. Nosotros no pensamos ahora como pensaban los antiguos egipcios. Y con toda la admiración que podamos sentir por la sabiduría de los Vedas o por la sabiduría de Zaratustra y de los antiguos persas, el modo en el que ellos pensaban, el instrumento que ponían en función, era completamente diferente al que nosotros empleamos. Actualmente nosotros poseemos como fuentes de nuestra fuerza de pensamiento dos, digámoslo así, raíces, dos corrientes fundamentales. La primera de ellas es la de la percepción física sensible, mediante la cual percibimos los elementos de nuestra existencia, digamos desde el punto de vista más brutal, como un conjunto de piedras, como un conjunto de realidades solidificadas.

     Por lo tanto, en esta fase materialista de la existencia, de la existencia de toda nuestra civilización, en esta fase materialista se consideran reales las cosas físicas e irreales los pensamientos. Sin considerar el hecho de que también en la clasificación de estas cosas materiales consideradas como grandes realidades, si no tuviésemos el pensamiento, son sabríamos de qué manera clasificarlas ni de qué modo orientarnos. Ya nos orientamos  bastante mal hoy, y con cada bastonazo que nos arrean decimos: «La culpa es de Tal», o también: «La culpa es del gobierno de esta feliz república», o también decimos: «Es el destino». Debemos especificar el sentido de este «destino». Por lo tanto, tenemos esta percepción sensible del mundo, que acompaña –como explicación de los fenómenos y de los sucesos del mundo– a la que es la organización lógica, matemática de los elementos que el mundo ofrece a nuestra percepción sensible. En el sentido que, para nosotros, la ciencia tiene el puesto… –digo «nosotros», nosotros no somos todos los…, no digo profetas porque puede sonar un poco demasiado semítico, nosotros somos todos los iluminados, videntes, iniciados a los sublimes Misterios, etc., sino que digo «nosotros» para referirme a la fase de la civilización en la cual nos encontramos–, en esta fase de la civilización, por el contrario, como suprema realidad se asume el saber matemático y científico porque el saber matemático y científico se considera siempre como la base de la razón. En realidad, estos dos tipos de columnas mediante las que organizamos el flujo de nuestros conocimientos y nos preparamos para esquivar los daños que la existencia organizada de la sociedad nos lanza a la cabeza, en realidad ambas columnas son la transformación de un saber antiquísimo del que nosotros, actualmente, apenas si tomamos los, por así decir, restos mortales ¿Por qué? El saber, debería decir el conocer físico-sensible, es la transformación de una antiquísima sabiduría ¿Cómo decir?, no un saber, una sapiencia, si bien de una sapiencia antigua que residía en la videncia natural de los hombres.

     Todavía hoy algunas poblaciones pastorales del Asia Central o del Lejano Oriente como los kirguises, los calmucos o los tungusos poseen restos de esta videncia que está en la base de lo que constituye su religio secunda. Porque la religio prima es lo que uno confiesa delante del funcionario: son musulmanes o cristianos ortodoxos o, también, animistas. La religio secunda es, por el contrario, aquella mediante la cual intentan resolver los problemas existenciales de su propia vida, como, por ejemplo, puede ser el chamanismo. Mediante el chamanismo logran tener una visión… El chamanismo es en parte como aquello que hace ciento cincuenta años estaba todavía vigente entre los pieles rojas. Mediante lo que sabían que había una manada de bisontes que estaba a treinta millas al sur de su campamento. El chamán, en un estado de éxtasis o de ebriedad tras haberse fumado una docena de cigarros o haberse dado un baño hirviente –por lo tanto trastornado su ser físico-anímico– tenía visiones y podía decir: «A media luna de distancia hay bisontes que se dirigen hacia Occidente». Entonces el jefe, no el chamán, de la tribu preparaba los guerreros, los cuales partían con la ración de carne suficiente para tantos días y conseguían las pieles y el alimento que era necesario para afrontar el invierno.

     Este tipo de videncia se ha preservado durante mucho tiempo. Sobre todo en las poblaciones pastorales de Asia. Pero también en Europa. Las migraciones que todavía hacen en la actualidad los lapones según las estaciones, llevando todos sus rebaños de alces a través de las extremas comarcas boreales se hacen no sólo porque la estación es aquella en la que es preciso moverse sino también por ciertas formas de videncia mediante las cuales saben que se producirá una congelación o una descongelación prematura de los cursos de agua que deberán atravesar. Y, en consecuencia, podrán pasarlas estando congeladas y deberán estar atentos a que el hielo no se rompa, etc., etc. Esto es una cuestión.

     En lo que hace referencia al saber matemático, este nuestro saber matemático del que estamos tan orgullosos y que está en la base de las ciencias modernas desde Galileo Galilei en adelante, hunde sus lejanísimas raíces en la sapiencia, más que sapiencia, sabiduría de los antiguos magos, como eran los magos de Persia, los cuales, mientras contemplaban el Cielo sentían resonar dentro de sí los ritmos mediante los cuales se desarrolla la sublime danza de los astros. Y, por tanto, era una sabiduría que absorbían del entero Cosmos, mientras el pastor poseía aquella sabiduría, que nosotros podríamos perfectamente desarrollar, que es la proporcionada por la contemplación, por la contemplación del fenómeno.  

     Sí, el pastor es el sabio, el viejo pastor es un hombre sapiente, lo vemos. Recuerdo que una vez en Persia encontré un pastor que todavía iba vestido al modo antiguo con el sombrero llamado «concha de huevo» (tokmemor), es decir, aquella especie de sombrero que empleaban los antiguos medos, con las orejeras levantadas. Estábamos en primavera, por tanto la noche era muy fría, llevaba todavía el burka que estaba hecho de fieltro. Y este pastor estaba en un lugar lejanísimo, detrás de Persépolis. De repente me acordé de haber tenido un sueño, cuando era niño, que en cierta manera preveía este encuentro. Y tuvimos una conversación extremadamente interesante, una conversación por alusiones que se refería al mundo animal que nos circundaba, porque tenía estos rebaños. Las ovejas persas poseen una cola gruesa porque cuando no encuentran la hierba sobreviven gracias a la grasa acumulada. Y yo veía en este pastor aquella sabiduría que tenían los antiguos pastores. Un cristiano pensaría inmediatamente en los pastores que sabían que habría nacido el Cristo, que el Logos Solar se habría encarnado entre los hombres. Y así tenemos otro tipo de sabiduría que es la sabiduría de los magos, de los magos que venían de Sawah, localidad por la que también pasé yo, en Persia.

     En consecuencia, aquí está este saber que conforma en cierto modo la arquitectura de nuestro pensar. Pero la arquitectura de nuestro pensar puro, no del pensar que es un almacenar con el que nos columpiamos entre la esperanza y la desesperación durante todo el día y que es aquel pensar que debemos, prácticamente, erradicar mediante la práctica de la contemplación, de la meditación y también de la concentración del pensamiento. Esta es una parte. Es por tanto la contemplación.

     Hasta ahora sólo he hablado del pensar.             

       Después hay otra parte que es la acción. Tenemos dos polos en todo hombre: el polo pensante, el polo reflexionante (¿relativo?), el polo consciente de sí mismo en primer lugar, y del mundo. Nadie podría conocer el mundo si no fuese consciente de sí mismo. Existe un certero aforismo de la filosofía hindú: de lo que somos conscientes en primer lugar es del svâtman. «Atman» quiere decir «sí mismo», «sva» corresponde al latín «suus», de tu «sí mismo», que los hindús… como en sánscrito, como en latín y como en griego, como en eslavo se emplea la que para nosotros se ha convertido en tercera persona, su «sí mismo». El «sí mismo» de cada uno de nosotros. Si no hubiésemos experimentado en primera instancia la conciencia de sí no conoceríamos nada. Seríamos animales, los cuales actúan según un impulso hereditario que se repite según la estación y según una especie de fatalidad. En esto está implicado aquella parte de nuestro ser que es la parte que asumimos como la superior, la cabeza. La parte opuesta es la parte en (¿con?) la que operamos en el tiempo y en el espacio. Y es la parte relativa a la acción, relativa al mundo de la voluntad. Y ésta es la parte relativa al movimiento de los miembros que después interiormente resuena como el mundo de la transformación, aquel mediante el cual la comida se convierte después en alimento del cuerpo y alimento de nuestra voluntad y que después, en último análisis, se manifiesta en su forma más refinada, que de manera bastante estúpida se asume como la forma más impura, en los fenómenos de la generación.

     La generación del hombre es el poder a través del cual operan las Jerarquías más altas. Las Jerarquías que son aquellas que Dioniso el Areopagita –y Dante Alighieri con Él– llama el mundo de los Tronos, los Querubines y los Serafines, donde actúa la voluntad divina que se convierte en generación a través del hombre. Las religiones occidentales de raíz semítica las consideran las funciones en las que el hombre peca con mayor facilidad porque el hombre es ignorante del poder que se manifiesta a través de ellas y sólo capta la cáscara exterior que es un complacimiento de sí mismo, el placer de la vida.  

     Así pues, tenemos dos mundos opuestos. En estos mundos opuestos –y aquí os ruego que estéis muy atentos– actúan dos categorías distintas en las que el mundo central que es el sentir –aquello mediante lo que respiramos y en un cierto modo nos insertamos en el tejido humano a través de la circulación sanguínea–, este mundo del sentir opera como atemperación, es decir, como equilibrio. En el mundo del pensar opera el pasado, en el mundo de la voluntad opera el futuro. Estos son dos polos opuestos ¿De qué modo actúa el pasado? Cuando pensamos o tenemos una intuición en la que la voluntad irrumpe a través del pensar y, por tanto, hay prácticamente una obligación (¿un deber?) a través de aquello que es nuestro sentir cardíaco –daos cuenta que estos son misterios profundos. Hablo de «misterios profundos» usando los términos precisos porque en la antigua Hélade operaban los Misterios en los que los jóvenes eran iniciados. Se solía decir que último bandido de Tesalia que hubiese pasado a través de los Misterios ya no moría, y si moría, moría sólo su cuerpo. Pero el más sabio de Grecia que no hubiese pasado por los Misterios, éste, cuando muriese, descendería al Hades, es decir, habría descendido al mundo subterráneo. No habría tenido un resurgimiento. Y también entre los hindús se llama el pitri-yana, el camino de los Padres, el que lleva al mundo lunar en la perenne, según los hindús, en la perenne reencarnación. Y el camino solar que es a través de la cual el hombre ya no se reencarna.

     Pero el hombre que ya no se reencarna es el que ha unido el pensar con el querer, es decir, ha practicado la ascesis que lleva a hacer fluir las potencias creadoras a través de su pensamiento. Su pensar no se convierte ya más en un pensamiento, es decir, un pensar abstracto. Para nosotros el pensar por excelencia es el pensar abstracto. Como decir el cuadrado de la hipotenusa es equivalente a la suma de los cuadrados de los catetos. El pons asinorum de Pitágoras, el teorema de Pitágoras. Que a su vez le había sido enseñado por los sacerdotes de Egipto, quienes, sin poseer un saber abstracto, eran capaces de construir la pirámide. La sacra pirámide en la que se encuentran reunidos todos los misterios del mundo más uno. Y el más uno es el Yo del hombre. Porque éste es el fin de todos los Misterios.   

     Ahora bien, nosotros poseemos estos dos tipos de voluntad: desde el pasado nos viene el pensar ¿Por qué digo el pasado? Porque asumimos que el pensar abstracto es el pensar por excelencia. Éste es el pensar por excelencia, el pensar matemático. En el que la realidad se manifiesta por identidad y por formulación inmediata. Dos más dos igual a cuatro: no es necesario que pienses, ya está establecido. Por lo tanto, se trata de la fotografía pasiva del mundo, o la fotografía pasiva del mundo estrujado, reducido a sus líneas esenciales. Y este es un saber que procede del pasado. Cada vez que tú piensas en cualquier cosa, piensas en cualquier cosa que se te ha representado. Por tanto, tenemos una representación y un pensar que es inherente a la representación.

     Después tenemos el mundo del querer. El mundo del querer irrumpe en nosotros como un dato del futuro. Continuamente cuando camináis, cuando bebéis un vaso, cuando decides hacer cualquier cosa, anticipas el futuro. Por consiguiente, el futuro viene hacia el hombre como voluntad. El pasado fluye en el interior del hombre como pensar. Son los dos polos. Ahora bien, el deber del hombre es hacer fluir la voluntad a través del pensar. Cuando un Maestro Zen te dice –hablemos no del Sotô sino del Rinzai, el que se llama es sistema del grito y del bastón–: «La vaca de Fu come, la vaca de Li engorda, ¡medita!», tú meditas durante un día, dos días, noche y día, hasta que no puedes más y hasta que vas ante el Maestro y te dice «¿Qué significa eso?» y te inclinas. Y el Maestro con aquella especie de espátula que tiene, que es el símbolo del koan, te da un golpe en la cabeza. Y dice: «Ve a cavar el huerto». Tú vas a cavar el huerto; no hay nada que cavar, no hay semillas ni nada. Cavas, cavas, cavas. En un preciso momento estalla la luz ¡Zas! Entonces vas ante el Maestro, te inclinas, le dices cualquier cosa o incluso le das un cachete. Has entendido ¿Qué es esto? Es el pensamiento que está completamente perneado de voluntad. Por otro lado, quien de vosotros haya practicado un arte marcial o un arte de combate, cuando se encuentra en las últimas porque ha recibido un par de cross, etc., el tercero que llega lo para sin pensar y replica –en mis tiempos se decía uppercut– con un movimiento defensivo, detiene el que viene desde la derecha del adversario y lo detiene con un movimiento defensivo. Y dice: «Pero, espera un momento, era algo tan simple», y el otro cae a tierra ¿Por qué? Porque no poseía la intuición ¿Qué es esta intuición? Es una onda de voluntad que viene desde el futuro y, sin dejarlo reflexionar, deviene la representación de aquello que, no es que él deba hacer, sino que ya ha hecho. Esto sucede siempre, también cuando cojo un tranvía en marcha. Realizo una acción para lo cual el pensamiento se me ha anticipado. Es decir, tengo una anticipación del pensamiento respecto a lo que se hace. En la guerra esto sucede siempre. Sucede también para aquellos que salen al encuentro del destino y quedan sobre el campo, bellos muertos.

     Ahora bien, tenemos dos tipos de movimiento: una que va del pasado hacia el futuro y otro que va desde el futuro hacia el pasado. Alguno dirá: «Pero Pio ¿Qué cuento nos estás contando?». Bien. Daré un ejemplo muy sencillo. Llevamos a casa una calabaza, cuando estamos en la estación. Recomiendo a mi madre, a mi mujer que la riegue todos los días. Y aquí meto un palo. La calabaza crece fuera, corre hacia el palo y trepa por el palo. Esto está claro. Cuando la calabaza está a punto de llegar al palo, quito el palo y lo pongo en otro sitio. La calabaza hace: «Por el lado derecho ¡March!» y enfila hacia el palo sobre el cual después, gloriosamente, trepa. Entonces yo me puedo preguntar: ¿Qué es lo que hace que la calabaza trepe por el palo? Responderé en un italiano muy desgramaticalizado. Es muy sencillo: es la «calabaza ya arremolinada sobre el palo la que induce a la «calabaza no arremolinada» a trepar por el palo ¿Por qué? Es el mundo de la voluntad, aquel que es llamado la causa… Existen dos tipos de causa: la causa pasada que es la que induce la degradación de la materia, que vosotros habéis estudiado en química en la escuela, la materia tiende a degradarse. Después está el movimiento inverso, que por el contrario es como si yo tuviese una cerilla que se estuviese apagando y de repente esta cerilla se inflamase y  POCO PER VOLTA se reconstruyese por dentro toda la estructura de madera, implicando […] un movimiento cósmico porque desde todos los ángulos del Cosmos viene la madera que viene a reformar la cerilla todavía no encendida. Hay dos movimientos. Este segundo es el movimiento mágico. La acción mágica –que yo llamo ascesis a la griega, askesis en griego quiere decir «el ejercicio viril de un hombre»– se llama askesis, la acción de tipo mágico es una acción que viene propiciada a través de una representación potente con exclusión de cualquier otra representación, por tanto es un acto de voluntad, y esta representación viene de POCO PER VOLTA siempre más animada mediante esta onda de pensamiento que se concentra, de manera que en un cierto momento es la voluntad pura la que opera.

     Soy consciente de que hoy suscitará sorpresa oírlo, pero existe un enorme número de personas –no hablamos de los chamanes de los inuit, de los esquimales o de los ainos o de los pieles rojas o los tungusos– que hacen llover a voluntad o soplar en viento de repente. He ofrecido kilómetros de testimonios en mis libros. Pero habrá siempre un número mayor de personas que harán crecer las plantas, que las hacen morir. Antiguamente se decía que «el hombre malvado hace que los campos se sequen». Y se decía que los manantiales se secan porque los hombres se vuelven malos, ya no son capaces de rezar: es absolutamente verdad. Cuando Maria Rosa Eboli, anciana mujer buenísima, santísima, esta anciana de los Abruzzos, que había pasado todos los martirios que puede sufrir una mujer que había dado a luz a ocho hijos, y tenía un marido violento, despilfarrador, etc., iba de noche a plantar plantitas tras haber servido al marido, a los hombres que trabajaban, haber acostado a los niños, salía al campo, cerca de Lucoli, e iba a plantar plantitas porque para ella esto era un complemento de la plegaria. Esta mujer decía: «Es necesario ayudar a estos pobrecillos porque no saben rezar, que blasfeman, que están desesperados. Es necesario ayudarles porque piensan lo que el demonio les dice que piensen. Y no saben pensar porque no dan gracias a la Virgen María».

     Pensad bien que la imagen de la Virgen en el yoga tántrico –consiguientemente hablo del yoga más pecaminoso posible, el de la Mano Izquierda, el yoga tántrico– la imagen de la Virgen, llamada Umâ, que es la parte clara de la voluntad pura del dios súper-pecador que después será Śiva, se considera como la quintaesencia de la voluntad cósmica que se hace voluntad humana. A través de la voluntad que te mantiene vivo puedes plegar a tu voluntad las estrellas. Esta es la verdadera ascesis. Y es la ascesis que los nuevos tiempos exigen al hombre. Es la ascesis, la askesis, el ejercicio de voluntad que comienza, precisamente comienza, con la concentración del pensamiento, ejercitada tres o cinco minutos cada día. La contemplación del mundo viviente, o del mundo pétreo, hasta evocar en este mundo petrificado, hasta evocar aquellas que son las potencias que se hacen visibles, que hacen que el mundo sea así.

     Los antiguos druidas veían –los antiguos druidas como los antiguos sacerdotes. Hablo de hace dos o tres mil años–, los druidas realmente veían hasta hace poco tiempo aquellas entidades encarnadas o desencarnadas que nosotros llamamos Tronos, Sílfides, Sirenas, etc. Las veían porque eran la causa viviente que formaba parte de un diseño mucho mayor, merced al cual el mundo devenía lo que es. Ahora bien, este tipo de videncia es el que puede restituir su significado al mundo petrificado a su dimensión física insensible. Y mientras lo restituye al hombre, al mundo, el hombre recupera las dimensiones del propio yo que no son las dimensiones cotidianas, las dimensiones banales de nuestro flotar sobre la existencia hasta que la muerte nos enseñe un saber mayor, sino que se trata de las dimensiones cósmicas de la realidad. Hemos sido plasmados de la lava de los volcanes, del verde de los bosques, de las estrellas que en el espacio sidéreo nos resplandecen entre sí. Debemos ensamblar la representación con la voluntad. Por lo tanto, ejercitar la voluntad.

     Pensad en el tormento cuando, teniendo que hacer un examen, vuestra memoria se niega a aprender. Porque nuestra memoria está hipnotizada en las dimensiones del pensamiento muerto y rechaza aprender. Hoy he visto en la playa a una joven que preparaba «Análisis matemático 2». Una estudiante de ingeniería. Y esta joven hace un esfuerzo, y un esfuerzo verdaderamente mágico, que, sin embargo, se pierde ¿Por que? Pasado este esfuerzo, la realidad es para ella lo que ha aprendido, no la potencia de voluntad que fluye a través del esfuerzo. Mirad, cito, hablando en medio de hombres, cito aquel esfuerzo brutal que hace un hombre cuando siendo joven, hoy no es el caso de hablar sobre ello, participa en una guerra. Por el hecho de caminar adormecido desde el cansancio hasta la fatiga. No sé, cuando se desplegó –recuerdo– una cierta división de la que yo era uno de tantos. Era un sargento en una compañía en la que todos los oficiales habían muerto o estaban carcomidos por la enfermedad. Marchamos, mi capitán y yo –yo llevaba mis veintitrés kilos de ordenanza sobre la espalda más, de reserva, una pieza de una ametralladora– marchamos durante treinta y seis horas. Si no encontrábamos a través del inmenso desierto africano un cable que corría de través, un cable del teléfono de la compañía mando de la división, estábamos fastidiados, acabaríamos en la boca de los australianos. Con todo el peso encima. Y os aseguro que cuando hacíamos aquellos esfuerzos allí, el pensar, el soñar, no entendíamos si estábamos vivos, muertos, adormecidos, etc.

     Esto en los esfuerzos extremos: pensad en cuando trepáis por una roca que empieza a hacer bromas de este tipo. No puedes distraerte, no puedes pensar en otra cosa, entonces dices: «¡Maldita sea! Tengo que concentrar todo el pensamiento en lo que hago», pero tengo una distracción que me succiona desde abajo ¿Qué es el destino del hombre? Aquello que nosotros asumimos como destino, que nos golpea siempre entre el cuello y la cabeza y que nos hace aquellas gigantescas malas pasadas no es otro que el mundo de la voluntad no consumada. Aquello que en el mundo de la voluntad es el proceder de la voluntad, en el mundo del pensamiento es el proceder del pasado hacia el futuro. Cuando nosotros asumimos la voluntad pasivamente, ésta nos cae encima como destino. Prácticamente el hecho de conocer aquello que los indios llaman karman… nosotros decimos destino como algo fatal: los hindús lo llaman karman y os doy la interpretación latina. En sánscrito el término karmancasualidad quiere decir kar; man es eso qué, por tanto se trata de eso que en latín llamaremos creamen. Al igual que se dice flumen del verbo fluere, como se dice flamen del verbo flare, soplar. Creamen. A esto los hindús lo llaman destino. Pero cuando lo llaman karman ¿Qué quiere decir? Para decirlo en el lenguaje de los niños es aquello que tú te haces con tu santa blanca manita. Lo que tú te fabricas de ti mismo. El destino cuando te golpea la cabeza, es todo aquello que no has digerido a través de la ascesis del pensar, porque lo has hecho fluir la voluntad a través del pensar. Vivimos en medio de pensamientos flotantes que son prácticamente cadáveres. Asociaciones de pensamiento, cono por ejemplo, no sé, «Voy por la calle, veo un gato, y pienso “Ah mi prima tiene un buen gato. Ya, pero a mi prima se le cae el tejado ¿Por qué se le cae el tejado? ¡Ah! Porque el inquilino se niega… Pero que borde este inquilino…” Y así se continúa hasta el infinito. De la prima se pasa a la vecina, por la señora al vecino de la casa de enfrente “¡Bonita casa! O también, “Vaya hija más guapa” y esperamos que no esté ya comprometida».

     Y esta serie de pensamientos que acompaña toda nuestra vida es nuestra condena a muerte. Ésta es la razón por la que no levantamos la piedra y no vemos el gnomo, y el gnomo se ríe de nuestra estupidez. En el Norte, donde todavía, por ejemplo en la landa de Lüneburg, o en ciertas zonas de las Highland, del Tyr Na Nog, como dicen en gaélico. La Tierra Alta de Escocia, existen las condiciones locales por la que puedes tener la suerte de ver cosas que no se ven en otro lugar. En el Norte dicen que los gnomos, los elfos, se ríen de los hombres, les hacen caer en trampas. Ellos son los custodios de los tesoros. Pero ¿Por qué? Porque gozan al ver al hombre desesperado que gira entorno al tesoro y no llega a encontrarlo porque no es dueño de sus propios pensamientos. Y concluyo recordando el inicio del Dhamma-Pada, los versos de la Ley del Buddha. Que dice: «Todas las cosas están hechas de pensamiento. Aquel que no controla el pensamiento es como un hombre adormecido que espera la muerte. Aquel que doma su propio pensamiento, él se levantará entre el resto de los hombres como un despertado entre los durmientes».

     Con esto, queridos hijos, habéis estado escuchando durante una hora. Parece que sea hora de ir a casa. Bien. [Interrupción de audio]

     He asistido a la proyección de películas de acción del viejo maestro Ueshiba. Sabéis que entre mis muchas locuras juveniles, una de las cuales se ha prolongado hasta los setenta años, he practicado algunos años –pocos, una docena de años nada más– el aikido. Y el maestro de aikido era el anciano Ueshiba. Por un pelo no llegué a tener el cinturón negro firmado por él. Pero abreviando. La que tengo ni siquiera la merezco. Bien. Hay acciones por ejemplo, no sé, cuando Él está con las manos en la masa y le ataca un hombre con la espada levantada. En el instante siguiente el hombre tiene un lápiz en la garganta. El maestro Ueshiba no está delante, está detrás. Y la espada ha caído al vació. En estas películas hay escenas vacías, en las que no hay nadie, no hay nada. No por defecto cinematográfico, sino porque el maestro Ueshiba practicaba un arte iniciático. Que después se ha convertido en el aikido, más o menos conocido según países y escuelas, o el karate según el estilo Shaolin o el estilo… [Interrupción de audio] Porque el punto en el cual el pensar se identifica con la voluntad. Entonces la voluntad actúa a través de tu cuerpo. Esos tipos que veis en las películas… [Interrupción de audio] Tras el nacimiento y la muerte te sirve para vivir y realizar las acciones más banales durante la vida. Este músculo reconvierte en un obstáculo para el fluir de aquella determinada fuerza que los chinos llaman chi y los japoneses llaman ki ¿No? Los hindúes llaman prana. Que es la fuerza vital, la fuerza del éter de vida, el éter de vida que posee un movimiento que es exactamente opuesto al movimiento que nosotros realizamos durante la vida. Un buen ejercicio que me recomendaba un amigo, por ejemplo, durante una marcha– lo digo para aquellos que harán el servicio militar, por ejemplo en  las tropas de montaña– es, mientras se camina, primero imaginarse y después percibir el propio introducirse en la piernas paso a paso, etc.

 

(Traducción Olegario de las Eras)         

La comunidad y lo político: ¿qué es una aristocracia?

La comunidad y lo político: ¿qué es una aristocracia?

Pío Filippani-Ronconi

 

     Al responder una pregunta de esta naturaleza es preciso considerar tres aspectos del problema que constituyen otras tres dimensiones de éste: En qué consiste una aristocracia; como se ha constituido en el transcurso de la historia, cuantas y qué tipos de aristocracia pueden existir en una sociedad orgánicamente estructurada y, por encima de estos aspectos, a qué principio, a qué entelequia, obedece un complejo humano para formarse y afirmarse como aristocracia en el seno de una particular sociedad. Dado que aquí se trata de diferentes géneros de aristocracia, el problema debe afrontarse de forma algo diferente a como se plantea, por ejemplo, en el libro IX de la República de Platón, en el que las clases de la sociedad y sus posibles gobiernos representan otras tantas funciones «naturales» que se ejercen como oligarquía, monarquía, democracia y sus posibles alteraciones, como tiranía, demagogia, etc., que en la ciudad griega se pueden afirmar como estados alotrópicos de una sociedad esencialmente homogénea, también cuando presentan alguna analogía y solidaridad con una clase particular de otra pólis.

     En nuestro mundo de Occidente, el concepto de «Nobleza», más que una categoría política dependiente de la división de la sociedad en diferentes clases como la sociedad india que estaba repartida en las tres castas de los brâhmana, los sacerdotes o flamines, los ksatrîya, o guerreros y nobles, y los vaiśa, es decir, los campesinos-ganaderos y los comerciantes, connota una categoría social que se presume superior alas otras clases en base a unas particulares virtudes morales, valor, inteligencia, incluso belleza física y, sobre todo, por el ejercicio cotidiano de tales virtudes, en particular aquellas que exigen un extraordinario valor físico y fidelidad a la palabra dada. La nobleza, antes todavía de constituir una categoría social, representa la «dimensión vertical del hombre interior», la tensión hacia lo alto, la voluntad de superar la condición animal y en un continuo desafío al mundo, el sentirse fuente de la propia fantasía moral, del propio «deber».

      Por el contrario, «Aristocracia» es la puesta en función del «ser noble» como fundamento de una clase particular, que se arroga la guía de una determinada sociedad política, en función de sucesos históricos pretéritos en los que resplandece la particular capacidad, sabiduría (o locura), valor e inteligencia política de este solidario grupo social «aristocrático».

     Mientras que «nobleza» es un concepto cerrado: «Se nace noble, no se llega a ser», la aristocracia, por el contrario, opera como poder aglutinante de «nobles» concretos y ejerce la función de renovar la clase nobiliaria, mediante la cooptación de elementos «potencialmente nobles» particularmente dotados de capacidad de mando, inteligencia política y fidelidad. «Nervio y tensión»[1], como dicen los españoles, es la condición para ser cooptado: la adlectio a la clase senatorial de los antiguos romanos. 

     Toda aristocracia nace a su manera y se afirma, o bien como simple clase nobiliaria que degeneración en generación está obligado a hacer valer el componente «biológico» de su «sangre azul», so pena de decadencia y retroceso social, o bien se forma en las sociedades más complejas, como asociación entre diversas noblezas locales y las funciones ejercidas por éstas en diferentes ámbitos. Así, teníamos en la Francia del ancien régime al menos tres noblezas diferentes, unidas en el servicio a la Corona como una aristocracia unitaria: La nobleza «de la espada», la nobleza «de la toga» y la clase de los grands fermiers de l’État, cuyos diferentes «grados de nobleza» determinan las funciones de gobierno y los matrimonios recíprocos en el ámbito social. Si nos referimos al origen más remoto de la aristocracia en la Europa sudoccidental, por tanto al periodo inmediatamente posterior a las irrupciones bárbaras en las tierras del Imperio romano, en particular en la Galia y en Hispania, veremos como tiende a reformarse una aristocracia, formada a partir de la clase naturalmente nobiliaria de los jefes «bárbaros», la Ur-adel alemana, junto a la superviviente aristocracia local de los comites de origen militar-administrativa, destinada a retomar la dirección del nuevo Estado una vez pasada la marea, dependiente del nuevo soberano, portador de una realeza de origen mítico-mágica. Se está, junto a los reyes godos descendientes de Balto y a los soberanos «odínicos» de burgundios, longobardos y anglo-sajones (por no mencionar los orígenes mágicos de los YnglingaR escandinavos), la consagración mística de los Merovingios, especialmente de Childerico y Clodoveo, cuyo poder real tiene sus orígenes en Merowech, nacido de la mujer real de Clogo ¡Violada por el dragón surgido del mar! Este extraño, monstruoso, mito, que en el periodo cristiano subsiguiente continuará consagrando a los Merovingios a la realeza, será el obstáculo que detendrá al Papa a la hora de  consagrar el reino al carolingio Pipino III, hijo de Carlos Martel «junto a sus hijos», en base a un legítimo derecho dinástico. Podían ser rey, aclamados tales por los jefes de las fare germánicas, pero por usurpación, que se legitimaba en función del poder natural de los conquistadores, esto es, del la nobleza natural de la sangre, de la cual, en la perspectiva bárbara, los jefes se sentían portadores.

     La consagración al reinado cristiana constituía en el fondo una trasgresión y un abuso desde el punto de vista de la legitimidad antigua, la de Meroveo, que era el de una sangre particular a la cual los francos atribuían el poder que otorga la victoria.

     Al observar la formación de las noblezas locales de evidente origen bárbaro, unidas a los restos de las aristocracias romano-bizantinas locales, por ejemplo en Francia y en la Lombardía italiana, resulta evidente que rápidamente adoptasen el modo de vida latino y, si bien continuaban profesando el derecho hereditario en el ámbito de los grupos nobiliarios (¡en el campo!), en la ciudad se convirtieron en señores, aunque según las formas bárbaras de un Rotario, y patrocinadores del derecho romano, que entre otras cosas garantizaba la «paz» en el ámbito ciudadano.

     Se trataba de la usual «esquizofrenia jurídica»  tan en boga en el Alto Medioevo por la que todo, según el lugar donde se encuentra o la compañía que lo escolta, profesa un derecho u otro totalmente diferente; el derecho profesado jugaba el papel, en aquellos tiempos, de un documento de nacionalidad. Por ejemplo, está el caso de la Matilde de Toscaza, que era princesa carolingia en Francia, marquesa longobarda en Italia y patricia romana ante el Papa.

     Un elemento distintivo bárbaro que caracterizó, posteriormente, una costumbre de todas las aristocracias europeas a fines del siglo XVIII fue el portar espada, que según el uso bárbaro caracterizaba al arimán, u hombre totalmente libre, que podía recurrir a ella para hacer valer su buen derecho, cuando no existiese o n reconociese un tribunal apto para dirimir sus pleitos. El romano y el griego se consideraban libres y protegidos, precisamente porque podía dejar las armas estando entre los suyos. Por el contrario, el bárbaro exhibía la espada en su residencia «burguesa» (cuando no iba armado con la frámea, la francisca, el scramasax, la daga, etc.) para demostrar que estaba preparado para defender su buen derecho y a todos aquellos que recurriesen a él para ser defendidos: en particular «la viuda y el huérfano». Del orgullo derivado del ser consciente de la propia peligrosidad social, el noble antiguo extraía como el sentimiento de una misión que se le ha encomendado precisamente por que él era portador de «una sangre especial», el oscuro sentimiento de pertenecer a una raza destinada a «enderezar las cosas torcidas de este mundo». Este impulso, que formaba parte del «sentimiento romántico de la existencia» propio tanto de las gentes del boscoso Norte como de la árida Castilla y de la opulenta Francia, está consagrado por infinitas sagas escandinavas y tantos otros ciclos de aventuras. De ahí nace aquel modo de vivir, convertido –por el influjo de la Iglesia– en «noble vivir», que es la Caballería: Aquel estar siempre dispuesto a jugarse el todo por el todo, no por obtener nada, sino por afirmar un principio, al límite, «el combatir por combatir», el gusto del torneo –si no había nada mejor– donde las heridas eran seguras y la ganancia nula, si se exceptúa la estima universal por el comportamiento valeroso y la admiración de las damas. En la Caballería se expresa la quintaesencia del sentimiento aristocrático de la existencia y es curioso constatar que el ejercicio de un uso, en conjunto brutal, que en sus orígenes era algo exclusivo de bandas de cadetes franceses y alemanes privados de bienes por razón del mayorazgo, por tanto sin oficio ni beneficio, se haya transformado muy pronto en el arquetipo del vivir aristocrático, de modo que el caballero es en realidad el antepasado ideal del gentilhombre. Lo que resulta sorprendente es que la Caballería haya exaltado la figura de la mujer, como principio espiritual de la existencia, en una época en la cual la fuerza bruta era el sumo valor en la sociedad. «Force passe droit» decía Simón de Montfort en el asedio de Tolosa (1213) durante la «Cruzada» contra los albigenses, mientras la Provenza, donde se encontraba combatiendo, y toda Europa descubrían –y no sólo a nivel religioso –los valores espirituales de la belleza, de la poesía, del sentido místico de la realidad representado por la presencia de la mujer, sobre los que se funda la sociedad y, en particular, la nobleza que representa su vértice natural. La Caballería, de la que nos limitamos a describir sumariamente algunos caracteres, fue en verdad un fenómeno paradójico como lo fueron los diferentes movimientos –estos religiosos– del Alto Medioevo.

     Producto exquisito de una madura aristocracia, mantiene siempre sin mengua el ansia de poder y la tensión hacia el dominio material de todas las aristocracias. Ejemplo, también social, de la nobleza más absoluta –antes de todo torneo el heraldo controlaba la autenticidad de los títulos y de los escudos de armas– estaba teóricamente abierta a su vez a quien tuviese el valor y la «nobleza innata» para cimentarse en el difícil papel de vivir «como un caballero». En campo abierto y durante la batalla, el caballero obedecía a su rey, salvo que –pasada la batalla– el rey rogase humildemente a su caballero el reconocerlo como caballero y, por tanto, hacerle de padrino en el denominado «adobbamento», es decir, la ceremonia iniciática con la que centraba en la Orden: baño purificatorio, vela de armas, misa con comunión, «bofetada» y «pescozón», última injuria que había que soportar antes de ser armado caballero. Fue  precisamente éste el procedimiento al que se somete Francisco I, el vencedor de Marignano (1515), para ser armado caballero por el noble Bayardo, «espejeo de la Caballería». En realidad, se trataba de un rito exotérico, de modo que la Iglesia llegó a reconocerlo, considerándolo como el «octavo sacramento». En este sentido, la aristocracia trasciende los propios límites nobiliarios para afirmarse en la Caballería como arquetipo puro y simple de una disciplina de vida que extrae su razón de ser de un ámbito espiritual. Pero no es únicamente en la Europa violenta y soñadora del Medioevo en la única que aquella conoce esta extraña forma de iniciación viril. Ya en la antigüedad germánica existían las denominadas Männerbünde, «Ligas de Hombres», que Tácito recuerda como los antrustiones, que juraban fidelidad a un Jefe de reconocido valor para una expedición de guerra, llegando hasta el suicidio para no sobrevivir a su muerte. Tales fueron las drujine de los varjaghi de origen escandinavo, que están en el origen de la Rusia histórica, mientras que sus hermanos «normandos» o vikingar, propagándose desde Irlanda hasta el Mar Caspio, conquistaban Inglaterra (1066) e inventaban el Reino de Sicilia y de Nápoles. Fuera de Europa, ese elemento iniciático propio de las libres asociaciones de hombres de armase traduce a menudo en un desarrollo de género «visionario-estático» fundado sobre un mito de género religioso como la pretensión de la línea de Ismâîl al Califato, que da lugar a la fundación de verdaderas y propias entidades políticas, es decir, a naciones.

     Citamos, por ejemplo, a los ismaelitas o «asesinos» de Persia y de Siria (de los que nos hemos ocupado en nuestro volumen homónimo), los ´alawîti de la Siria septentrional, los druzî del Gebel Hawràn, en posesión éstos últimos de formas regulares de iniciación, en las que participan también las mujeres, cuyo resultado los separa netamente en `uqqal («inteligentes», en el sentido del «intelecto de Amor» dantesco) y juhhâl («ignorantes»).

     Los mismos sikh de la India, en origen una lene confraternidad religiosa semi-hindú, se convierte en el transcurso de pocas generaciones, espoleada por una persecución religiosa desencadenada en su contra por el gran Mongol, una nación guerrera, dotada de una coherente metodología ascético-religiosa e incluso de una lengua nacional propia.

     Contemporánea de la Caballería, que en tierra Santa se configuró en las diferentes Órdenes en defensa de los peregrinos, por parte islámica el Califato de Bagdad protegió y estimuló la formación de órdenes caballerescas análogas bajo el título de la denominada futuwwat, que todavía continúa en Persia entre las corporaciones artesanas con el nombre de javânmardî (de javânmard, «joven generoso»). A menudo se ha dicho de la Caballería que, en su auge, cuando sus mejores representantes eran grandes poetas y valientes guerreros (Walther von der Vogelweide, Wolfram von Eschenbach, Bretrand de Born, etc.), ésta ha dotado de un contenido espiritual a las aristocracias que con mano de hierro dirigían la Europa de aquel tiempo, del siglo IX al XIII. El elemento ascético de la Caballería es en el fondo la traducción en términos seculares de las reglas de varias órdenes religiosas, salvo la libertad y los excesos juveniles a los que a menudo se abandonaban los jóvenes guerreros ansiosos de medir su propio valor. Desde el punto de vista «ritual», la Caballería ha enseñado sin excepción las reglas del «vivir cortés», es decir, el vivir noble, a toda la aristocracia de las diversas naciones europeas, no sólo por las «buenas maneras», sino sobre todo, por las virtudes de mesura, generosidad y gentileza que constituyen la educación del verdadero Señor.

 

     Veamos a continuación de qué manera se han ido formando en las diferentes naciones europeas las aristocracias que las han regido y guiado de modo variado. Es necesario retornar a las invasiones de los pueblos germánicos que de las ruinas de aquello que había sido el Imperio romano sacaron el material para hacer una Europa cuyo centro de gravedad ya no estaba en el Mediterráneo sino en el centro y el occidente de nuestro continente.

     Cuando las Männerbünde godas, francas, sajonas y longobardas se encontraron asentadas en las tierras latinas, con la necesidad de constituirse un «Estado» cualquiera, ya no era suficiente recurrir a los Campos de Mayo y al confuso asamblearismo de las harimannías que obedecían naturalmente sólo a sus propios jefes naturales, germánicamente conocidos como «barones» («los-bien-nacidos», alemán ge-borene). Para gobernar era necesario un rey asistido por una «comitiva regia» que se extendiese más allá de los clanes y de los grupos étnicos de los que dependía la elección. Todavía bajo Carlomagno no encontramos claramente definidos títulos como comes, grafio, praefectus, consul, rector, etc., títulos que sólo él podía dispensar para conferir una función de gobierno a uno de sus funcionarios, que fuese una persona leal, un comes. La confusión de los títulos dependía todavía del uso local heredado del Imperio, tanto es así que en aquellos tiempos –enseña Rainiero de Perugia– los predicados nobiliarios –los «títulos»– se atribuían a la persona para evitar equívocos sobre la persona, dado que, tratándose de «nobleza natural» (Ur-adel) la fons honorum estaba implícita en el nombre del personaje, in nomine ipsius, un vez que hubiese sido reconocido. En el periodo romano-barbárico, en el que se establecieron los fundamentos de las posteriores aristocracias europeas, se tiene, por un lado, la nobleza natural de los adelingi germánicos, a la que responde una monarquía electiva dentro de un linaje mágicamente consagrado (por ejemplo, los Baltos godos) y, por otro, una aristocracia local de funcionarios-condes, o, directamente, obispos-condes heredados del desaparecido Imperio romano. 

     Cuando posteriormente, de la monarquía electiva se pase a la soberanía restringida a una sola familia legitimada por el poder espiritual del Papa, se habrá verificado una y verdadera revolución estatutaria que conducirá fatalmente con un Carlomagno al restablecimiento del Imperio bajo la especie de un sacro que paradójicamente nacerá de la desvinculación del mito de los orígenes mágico-paganos de un rex [quem] a nobilitate sumunt, como decía Tácito. Así, desde el principio, la aristocracia europea ha tenido un origen dúplice consagrado por el uso incierto del título de conde (inventado, sin más, por Constantino), bien como un jefe de una formación de bárbaros y tal por virtud de sangre, es decir, el grafión godo, bien con el comes romano que ejerce el poder en sus distrito como vicario de un soberano (ahora el rey bárbaro), del cual, a su vez, devendrá el missus dominicus cuando se restablezca el Imperio. Al fundirse ambas funciones, tenemos en el Imperio Carolingio al menos seiscientos pagi o gau, con al menos otros tantos jefes de distrito nombrados por le soberano, pero que eran también princeps de su gente. Esta circunstancia ilumina acerca de los motivos por los cuales, finalizadas victoriosamente las campañas contra los sajones paganos de Vidukind, ahora convertidos y sometidos, Carlomagno en el 782 confirió en Lippspringe a los nobles sajones el título romano de comes, uniendo a su predicado natural el título de funcionarios del Imperio, ¡Bien entendido, que todavía no se había refundado! En otros términos, cuando se cierra el ciclo de las grandes migraciones de pueblos, el rey franco, él mismo advenedizo en el trono desde apenas dos generaciones y consagrado no por el Campo de Mayo, sino por un Papa, une los restos de la nobleza de los pueblos sometidos ala institución de la aristocracia que transforma en «nobleza de servicio», la Dienst-adel. Ésta no se identificará ya más exclusivamente a la propia naturaleza «biológica» de la sangre, sino a la nueva función de representar al poder, entonces en Aquisgrán, después en Roma, allí donde el Emperador se traslade a encarnar su potestad.

     Resumiendo: también en este proceso tan remoto, pero, sin embargo, tan cargado de consecuencias para el destino de Europa, se manifiesta una dinámica constante: la «nobleza de sangre» es el humus sobre el que se desarrolla la nueva sociedad, de la que la aristocracia constituye la fuerza estructurante (poder más memoria histórica), que determina su orientación y la jerarquía de valores. La aristocracia, siempre en equilibrio entre el poder de l espada y la autoridad de la toga (síntesis maravillosamente renacida en Venecia con la elección del primer dogo (709) hasta el cierre del Gran Consejo (1297), deberá siempre protegerse del veneno que lleva en su interior, inherente precisamente a su capacidad de estructurarse, es decir, la oligarquía.

 

(Traducción Olegario de las Eras)  



[1] Es castellano en el original (N. del T.).

ISLAMIZACIÓN-INMIGRACIÓN-IDENTIDAD

ISLAMIZACIÓN-INMIGRACIÓN-IDENTIDAD

Los años 50 del siglo pasado serán señalados por los futuros historiadores como el momento en que Europa comenzó a recibir ingentes masas de población procedentes del Tercer Mundo.

 

En un primer momento esas masas llegan como consecuencia del proceso de descolonización; en un segundo momento como mano de obra de un capitalismo en plena fase de expansión; en un tercer momento, para establecerse definitivamente aquí. El final de este proceso aún no está escrito, sólo hay dos posibilidades: que se produzca una inmersión en la composición antropológica en Europa de tal modo que en pocas generaciones los descendientes de aquellos inmigrantes sean mayoritarios y por lo tanto lleguemos al fin de la civilización europea; o que los europeos podamos detener y reviertan los flujos migratorios y los inmigrantes –lleven aquí una, dos o tres generaciones – vuelvan a sus lugares de origen. No hay opciones intermedias.

 

Como todo proceso histórico sus causas son complejas, y sus características multifacéticas, pero es necesario responder a dos preguntas principales si queremos saber a qué enfrentarnos y cómo oponernos. ¿Quiénes son los culpables principales?, ¿Cuál es la naturaleza última del proceso?

 

 

Los culpables: la clase política europea. Nada de todo esto hubiera sido posible sin la actuación de la decadente clase política europea, que en un acto continuado de traición ha abierto las puertas, ha alentado, potenciado, justificado y premiado la llegada de millones de extraeuropeos. Y en España esa clase política culpable tiene un nombre propio concreto que conviene no olvidar José María Aznar, y en Cataluña  Jordi Pujol. Ahora sus respectivos partidos políticos,  el PP y CiU pretenden presentarse como los únicos capaces de solucionar el caos de la inmigración, ¡el caos que ellos mismo han provocado! Se acercan las citas electorales y ya se sabe, unos pierden la memoria y otros pierden la vergüenza.

 

La islamización como síntoma.

Mezquitas, velos, madrasas, el Islam ha cambiado el panorama de las ciudades europeas. Este cambio no se ha debido a las conversiones masivas de europeos a la fe de Alá. La “islamización” de Europa es sólo el síntoma de la cuestión esencial: la llegada de millones de inmigrantes afro-asiáticos a nuestro continente. Por lo tanto no es un problema en sí sino el síntoma de uno mayor: la sustitución antropológica de la población europea por nuevas masas alógenas llegadas de fuera.

 

Como tal síntoma su solución pasa sólo por la solución del problema del que es manifestación puntual. Así pues nada de “integración o asimilación” para adaptar a los inmigrantes musulmanes. Expulsión y reversión del ciclo migratorio hacia sus países de origen para que Europa conserve su esencia biocultural.

 

No olvidemos la naturaleza última de la invasión que está sufriendo Europa, si queremos enfrentarnos con alguna opción de victoria. Y la naturaleza última es de orden étnico y antropológico.

 

Enrique Ravello.

IDENTIDAD Y FRONTERAS EN LA CREACIÓN DEL REINO DE VALENCIA

IDENTIDAD Y FRONTERAS EN LA CREACIÓN DEL REINO DE VALENCIA

Por Enrique Monsonís

Durante el siglo XIII, librándose todavía la guerra de reconquista que los continuadores de la monarquía goda del reino de Toledo habían iniciado desde los núcleos de resistencia del norte peninsular más de cuatrocientos años antes, se reanuda la reconquista catalano-aragonesa hacia el sur. Los pueblos resistentes del norte avanzaban en dichas  épocas a intervalos irregulares hacia la definitiva conquista de todo el territorio de la península ibérica, ocupado en sus tierras más sureñas por diferentes reinos africanos en plena decadencia. Al sur de las fronteras catalanas y aragonesas, se encontraban unas tierras que las fuentes cristianas denominaban como Sharq al-Andalus, pero que en ningún caso coincidían como entidad a lo que posteriormente fue el reino de Valencia.  Es importante situarse en el momento del que estamos hablando para intentar comprender la dinámica conquistadora, repobladora y de afirmación que catalanes y aragoneses siguieron en esta guerra de reconquista. Por una parte, la situación era bélica desde los inicios de la reconquista, por lo que es importante presumir que en una importante zona fronteriza entre estos dos mundos antagónicos, la delimitación de las fronteras será confusa y difícil. Como en el hermano reino castellano, en dichas tierras, se recrea una situación de luchas e inseguridades en las que con un goteo constante se establecen familias pioneras, y en las que surge una caballería popular que siguiendo la tradición de sus antepasados, gana tierras que cultivar, y avanza con las armas subsistiendo con una ganadería trashumante de fácil movimiento. Por ejemplo, se puede comprobar en documentos anteriores a la penetración europea en Sharq al-Andalus, en el fuero de Daroca de 1142, la carta de población de Alcañiz de1157 o el fuero de Teruel de 1177 como las fronteras en muchas ocasiones alcanzaban poblaciones consideradas musulmanas como Cirat, Montán, Alpuente, Morella, Ares, Benifazá o incluso Jérica, Bejís y Arenós. Por otra parte, Sharq al-Andalus tampoco correspondía, a pesar de lo que se afirma en ocasiones, a las tierras que tiempo después conformarían el nuevo Reino de Valencia. De esta manera en un primer momento, encontramos un pueblo con voluntad de afirmación y conquista de los nuevos territorios, y que no considera las fronteras existentes, ni mucho menos, como definitivas, entendiendo con ello que la guerra de reconquista peninsular era dinámica y constante. Consideramos por ello que la voluntad de extensión por una parte – la europea – y de repliegue –la africana-  forman parte de una confrontación de identidades, en la que la posterior creación del Reino de Valencia se deberá más bien a una razón coyuntural y de voluntad personal de un monarca. Esta guerra que podríamos denominar de identidades, fue el origen del ensanchamiento de fronteras de la Corona de Aragón y en las mismas se reafirmaron un conjunto de referencias pertenecientes a un origen y a una personalidad claramente definidas.

Partiendo del principio de que toda identidad intenta disponer de un territorio propio en el que afirmarse, y con la voluntad de recuperación de los territorios de sus antepasados, miles de catalanes y aragoneses siguiendo la iniciativa de los reyes catalano-aragoneses y de la nobleza guerrera resurgida durante los primeros años de la reconquista y descendientes de la nobleza hispano-visigoda, se fueron asentando en las mal delimitadas tierras de frontera esperando la oportunidad de ganar terreno a los musulmanes. Esta ocasión llega en el año 1233 cuando las tropas catalano-aragonesas penetran en territorio musulmán, iniciando con ello una guerra que en sucesivas fases se prolongaría hasta el año1245. Una autoridad claramente definida –la Corona de Aragón- toma posesión tras sus victorias militares, de un territorio, que aunque étnica y culturalmente era africano, estaba dividido políticamente en diferentes entidades. Paralelamente, otro reino europeo el de Castilla ensanchaba también sus fronteras por la parte occidental de Sharq al-Andalus. Para ordenar de alguna manera las fronteras entre estos dos reinos, puestos de acuerdo en la empresa reconquistadora hacia el sur, ya en 1179 Alfonso II de Aragón y Alfonso VIII de Castilla habían delimitado los límites de las tierras a reconquistar, y basándose de una manera difusa en las entidades políticas africanas del sur, habían proyectado en el Tratado de Cazorla la conquista de las tierras de un Reino de Murcia que quedaría en manos castellanas, y un Reino de Valencia previsto para la Corona de Aragón.

1240 marca el momento en el que el rey Jaime I, por importantes razones de interés político que no son materia de este artículo, formaliza la creación del Reino de valencia como entidad política diferenciada en el interior de la Corona de Aragón, frenando con ello los intereses territoriales de la nobleza aragonesa que pretendía extender sus posesiones en las nuevas tierras conquistadas. En la primitiva Costum de la ciudad de Valencia, el rey Jaime habla de un reino de Valencia con unos límites precisos, que en este caso irían desde Ulldecona en el norte, hasta Biar en el sur, y en el que Alventosa y Manzanera por una parte, y Req      uena por la otra delimitarían las fronteras del nuevo reino con las posesiones aragonesas y castellanas respectivamente. Con el Tratado de Almizra cuatro años después, la delimitación sur se confirmaría con los límites impuestos por la creación del entonces infante Alfonso de Castilla, del nuevo reino de Murcia.

Las nuevas fronteras, delimitaban un espacio nuevo en el que afirmar la identidad catalano-aragonesa. Los apellidos de los pobladores, las señas de identidad, la cultura y la lengua así lo atestiguan. Lo mismo sucede con el reino de Murcia. De esta manera y de forma perfectamente coordinada, las coronas castellana y aragonesa afirmaban su posición en estos territorios en los que la anterior clase dominante, pasaba a ocupar una posición inferior y marginal, en virtud a su derrota. Las nuevas tierras no volverían a ser musulmanas, y la población vencida sería arrinconada en los siglos posteriores hasta su definitiva expulsión por parte de un rey descendiente de ambos monarcas. Sin embargo, una vez vencido el peligro musulmán, se desarrollarán en los años posteriores diversos enfrentamientos bélicos entre Castilla y Aragón.

Durante las guerras nobiliarias castellanas, y en el marco de la confrontación dinástica en Castilla, se produjo una alianza de Jaime II de Aragón con los infantes de la Cerda que supuso la ocupación por parte de aquel, del Reino de Murcia quedando incorporado como un reino más de la Corona de Aragón durante nueve años, situación que finalizaría con los tratados de Tordesillas y Elche en virtud a los cuales, los territorios murcianos situados al lado norte del río Segura pasarían al Reino de Valencia, de esta manera las comarcas de Alicante, Orihuela, Elche y el interior de la cuenca del Vinalopó hasta Villena pasarán a formar parte  del reino valenciano, perdiéndose , sin embargo, años después, en la llamada guerra de los dos Pedros, Villena y Jumilla. Las arbitrariedades de los monarcas, que consideraban los territorios como patrimonio personal en contra de la opinión de las ciudades, y las guerras de intereses, crearon de esta manera en el Reino de Valencia, diferencias culturales que impidieron una consolidación étnica claramente diferenciada. Posteriormente todavía se producirán algunas variaciones en las fronteras políticas del Reino de Valencia.

Encontramos, de esta manera, una voluntad de reconquista y afirmación por parte de catalanes y aragoneses hacia el sur, gestada en las fronteras entre dos realidades étnicas claramente diferenciadas, y que bajo el impulso de una clase dirigente surgida en los primeros años de la Reconquista y heredera de la realidad hispano-goda propició la penetración y conquista por parte de la población catalano-aragonesa de los nuevos territorios que fueron dotados de una legitimación política y jurídica. Los límites fronterizos, que en un principio surgían de la victoria europea frente al elemento africano, se verán alterados posteriormente por las luchas civiles entre los reyes de Aragón y Castilla, que en un principio habían realizado el claro movimiento de reconquista de una forma coordinada y con el mismo objetivo.

De esta manera, podemos constatar, que la génesis de las fronteras del Reino de Valencia nació de un proceso de guerra, en el que el ideal de reconquista de los territorios perdidos, unida a la voluntad de afirmación de una identidad étnica tuvo el principal peso. Hablar de cualquier tipo de continuidad entre un presunto e inexistente reino musulmán de Valencia, y la realidad posterior sería pura quimera. Ni por origen, ni por lengua, ni por cultura, existía la más mínima afinidad entre los habitantes e Sharq al-Andalus, que de por sí, como hemos dicho, ni tan siquiera coincidían territorial y políticamente hablando, y el posterior Reino de Valencia. Las fronteras exteriores del nuevo reino surgieron a partir de los límites entre dos identidades – la europea y la africana – en un mismo territorio peninsular, y en virtud a cuerdos y pactos entre la Corona de Aragón y Castilla, ambas pertenecientes a una misma realidad étnica y cultural. Un poder que impuso sus fronteras de manera ordenada y sistemática y que afirmó su identidad. Pretender otra cosa es negar la evidencia histórica en beneficio de secesionimos sin sentido y atentatorios contra la identidad afirmada por nuestros antepasados.

 

 

JAUME I, 800 AÑOS DESPUES

JAUME I, 800 AÑOS DESPUES

 

 Por J.A.LLOPIS

 

1208 – 2008. Este año es un año conmemorativo, no solo para todos los valencianos, sino también para el resto de España y Europa. Jaume I (Jaime I) cumpliría  800 años si todavía viviera. Lo que no se extinguió fue su herencia, en la que se conjugan importantes hechos históricos, su legado y el mito que supuso para las tierras que podríamos denominar catalano-aragonesas, herencia,  que hoy, 800 años después está en peligro de evaporarse como el humo.

 

Decenas de exposiciones jalonan este año su memoria. Unas ya finiquitadas y otras por venir. La Comunidad Valenciana es una de las muchas que conmemoran dicha efeméride con diversas exposiciones. Se puede seguir el calendario en la página web: www.anyjaumeprimer.com .

 

Pero no pretendemos repasar dichas exposiciones. La finalidad de este artículo reside en dar a conocer un punto de vista sobre el mítico rey, menos localista, más identitario y europeísta.  Una visión de sus orígenes y autentico legado que hoy en día, más que nunca, debería de estar vigente y servir como base para una creación europea, hoy cada vez más alejada de los ideales que inspiraron la acción de monarcas como Jaume de Aragón.

 

Varios son los puntos a tratar en la biografía de Jaume de Aragón. En primer lugar habría que empezar con los orígenes. Jaume I nació un 2 de febrero de 1208 bajo un halo de leyenda. Sus padres fueron Pere II  titular de la Corona de Aragón, heredero de la sangre goda del mediodía francés y señor de aquellas tierras que todavía, en fecha de su nacimiento, disputaba contra la unión papado – rey de Francia. Descendiente de los reyes de Navarra y Aragón y de los condes de Barcelona y Castilla, y  María de Montpellier cuyo legado principal era la sangre. La madre de ésta era Eudoxia Comnena de Constantinopla.  Por sus venas corría también la misma sangre de los emperadores de Bizancio (herederos del legado de Roma en el este de Europa).

 

A pesar del legado sanguíneo de sus progenitores, éstos no tenían descendencia hasta que nació, envuelto en la leyenda en el momento de su concepción –según el mito, fue concebido en el lecho real a oscuras para que el rey pensara que se trataba de su amante-, un 2 de febrero en Montpellier. Su nombre, no menos significativo, fue elegido por su madre María de Montpellier. Colocó una vela por cada uno de los apóstoles decidiendo poner el nombre de la vela que más tardara en quemar. La vela que se consumió mas tarde fue la de Santiago, Sant Iago; Sant Jaume. Con lo cual, le fue impuesto el nombre de uno de los santos más emblemáticos de la cristiandad medieval. El apóstol guerrero, el patrón de la Caballería hispánica. Hechos míticos que hacían prever  su importante paso en el devenir de la identidad europea.

 

Pero pronto llegaron las desavenencias a la vida del joven héroe. Quedó huérfano de padres cuando contaba la temprana edad de 5 años.

 

En abril de  1213 fallecía en Roma María de Montpellier. La causa del viaje a Roma de María fue para pedir justicia al papa por el intento de Pere II de divorciarse de esta para casarse con su amante María de Montferrat. Estando en esta ciudad moriría.

 

Tan sólo cinco meses después,  el 13 de Septiembre de 1213  moría en batalla Pere II por la defensa de las tierras occitanas contra el Papa y el rey francés.  Esta muerte sería una de las más significativas en el período medieval por lo que supuso para el devenir histórico del sur europeo en el futuro. La derrota de Muret, conllevaría la derrota de todo el esplendoroso universo occitano. El inicio del fin del mundo de la caballería medieval occitana y del catarismo en toda el Languedoc y en consecuencia el sometimiento de todo aquello que no fuese una visión que se denominaría posteriormente jacobina, y que correspondía  al proyecto unitario e independentista  francés. Todo ello en connivencia con el papado al que la personalidad espiritual de dicha región le resultaba especialmente molesta. Fue el fin del espíritu heroico tradicional en la zona “dels bons homes”. A partir de este momento la política catalano-aragonesa cambiaria su visión expansionista del norte –Occitania- y llevaría su mirada hacia el sur ,las tierras sometidas bajo el yugo musulmán del levante peninsular.

 

Jaume I quedó con 5 años huérfano de padres. Fue entonces cuando, por mediación del papado, fue arrebatado de las manos de Simón de Montfort, enemigo y responsable en último extremo de la muerte de su padre y de la masacre occitana, y puesto en manos de los Templarios del castillo de Monzón.  Se podría decir que, a la nobleza de su linaje se añadió un nuevo motivo de esperanza para el futuro glorioso del monarca. Los hados habían traído la desgracia con la muerte del monarca Pere II pero pusieron las bases para su  educación templaria -si no hubiera muerto su padre, probablemente nunca habría sido educado bajo la total tutela templaria-  para el , ya de hecho, monarca catalano-aragonés.

 

La educación  bajo la supervisión del Temple llevó al joven monarca una visión cristiano – guerrera y heroica de la vida. En su mente se formó la idea y la visión del significado pleno de la palabra cruzada, y del ideal de reconquista europea.

 

Hasta aquí los orígenes o la base de lo que sería Jaume I. Un monarca con una herencia sanguínea europea capaz de unificar bajo su mando territorios bajo una identidad común y una educación bajo los mejores educadores posibles, aquellos señores del Medievo tan ligados a la caballería catalana y a la dinastía a la que pertenecía. A partir de este hecho podemos conocer su legado. Solo sabiendo su origen -de sangre y educación- podemos percibir o intuir la magnitud de este personaje 800 años después.

 

Este legado lo enfocaremos, brevemente, desde tres puntos de vista: 1º La de reconquista; 2º la de política territorial hacia el sur y 3º la política territorial en el norte.

 

La Reconquista

Como hemos anunciado anteriormente, la educación bajo la orden del temple de Jaume I hizo rebrotar la visión guerrera o cruzada que llevaba  en la sangre. Siendo ya rey de hecho, los ataques de piratas berberiscos de Mallorca a las costas de ciudades catalanas fueron la escusa que llevó a la determinación de conquistar la isla. Fue el primer paso para una conquista gloriosa.

 

A pesar de la visión política territorial, no menos importante y que trataremos a continuación, que se pretende dar 800 años después de su nacimiento en la importancia vital de dicho personaje lo realmente importante fue el nombre con el que se recuerda al monarca en las crónicas. Cada uno de ellos tenía un sobrenombre que caracterizaban a los monarcas - su padre Pere II fue el católico ya que fue coronado por el propio papa-  Jaume I sería conocido como EL CONQUISTADOR. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

 

La herencia territorial que dejaron los monarcas anteriores, entre ellos su padre Pere II, tras la gran victoria de las Navas de Tolosa donde se pudo acabar con la amenaza almohade en la península ibérica, los reinos musulmanes estaban de nuevo desmembrados en taifas. Esta decadencia de los invasores árabes hizo ver a Jaume de Aragón que era una oportunidad de continuar la obra reconquistadora de sus antepasados hacia el sur. A este hecho se unieron los intereses de una nobleza aragonesa que aunque enfrentada desde el principio con el joven monarca, participaban con él en el ideal de Cruzada y Reconquista. Con todo, la decisión de Jaume I llevo a la reconquista de los territorios peninsulares desde el norte de Castellón hasta Murcia pasando por Mallorca.

 

La isla de Mallorca cayó el último día del año 1229.  El futuro Reino de Valencia se tomaría en tres etapas: la primera etapa empezaría con la toma de Burriana y  Peñíscola en 1233. La caída de la ciudad de Valencia sería el hito más importante en su reinado, caería un 9 de Octubre de 1238. La segunda etapa finalizaría con la toma de Alzira el 30 de Diciembre de 1242. La tercera etapa abarcaría desde 1243 a 1245 llegándose a los límites estipulados en el tratado de Almizra de 1244 firmado entre Jaume I y el infante Alfonso - futuro Alfonso X de Castilla- delimitando la expansión sobre territorio musulmán de la corona de Aragón y Castilla. Las tierras delimitadas al sur de la línea Biar- Vilajoiosa quedaron reservadas para Castilla, incluida Murcia.

 

A pesar de esto, Jaume I tomó en 1266 con la participación de su hijo, el futuro Pere III el Grande,  el reino de Murcia con el fin de ayudar a su yerno, el rey Alfonso X el Sabio de Castilla. Aunque fue conquistado y cedido al rey castellano, un contingente importante de aragoneses y catalanes repoblaron el territorio murciano.

 

Política territorial hacia el sur.

Una vez finalizada la conquista de los nuevos territorios había que organizarlos. La particularidad en la política de Jaume I, fue que cuando juró como monarca  catalano – aragonés, lo hizo en unas cortes únicas. Tras su reinado  se crearon las bases de lo que sería conocido en siglos venideros como la Corona de Aragón. Una Corona confederada por varios reinos con cortes propias cuya unión de hecho era la chancillería reial. Tras la decisión en 1244 de que el río Cinca fuera el límite entre Aragón y Cataluña las cortes se reunirían por separado. Con las Cortes Valencianas que tardarían en consolidarse, se creó una base para la futura Corona de Aragón. Territorios interdependientes pero unidos por su sangre y sus orígenes en una misma identidad, unos símbolos y una misma autoridad. La sangre Real.

 

Política territorial hacia el norte

Respecto a la política en el Midi francés. Se puede decir que Jaume I con el Tratado de Corbeil en 1258 finalizaría la tradicional política catalano-aragonesa de presencia en el norte de los Pirineos, tierras míticas para su dinastía a las que le unía una identidad, orígenes y los lazos sanguíneos y sentimentales con el antiguo reino godo de Tolosa . Por medio de este tratado renunciaba a favor de Luís IX de Francia a los derechos de los antiguos condes de Barcelona en Occitania. Con ello cedía, definitivamente, a la monarquía Capeta los derechos de un territorio que fue ejemplo y resurgir de la identidad de Europa tan solo una generación antes frente a sus enemigos. A cambio, Jaume I. en este tratado, consiguió la independencia legal de los condados  catalanes, todavía sujetos por lazos feudales con el ya inexistente Imperio carolingio. Luis IX renunciaría a los derechos como descendiente de Carlomagno sobre los condados catalanes, herederos de la Marca Hispánica. Fue un Tratado muy positivo para Jaume I ya que a pesar de la renuncia a su influencia en las tierras del norte, pudo afianzar la independencia territorial de los condados catalanes con respecto a la monarquía Capeta y con ello reforzaba legalmente la Corona de Aragón.

 

Jaume I fue un monarca longevo. Falleció en la ciudad de Alcira el 27 de Julio de 1276 a los 68 años de edad.

 

Su legado fue la base para un imperio confederal de diversos territorios mediterráneos que en el futuro llegarían hasta Atenas y Neopátria. Un imperio confederal que funcionó magníficamente y fue la envidia del mundo conocido en su época recreando una identidad propia con sus particularidades bajo un mismo monarca descendiente de godos y romanos. 

 

Creó la base también para una cultura bajo una misma lengua que ha llevado, 800 años después, a no pocas disputas por su nombre, identidad y origen en los territorios de la antigua Corona de Aragón ,cuyos miembros pretendían arañar los despojos de la herencia de un gran monarca, bajo el sometimiento de un yugo castellano; sin pensar, ni un segundo, en toda la herencia cultural que nos une en lugar de buscar lo que nos diferencia para conseguir una identidad propia que nos haga más fuertes ,algo que perfectamente podríamos extrapolar al resto de Europa. La búsqueda de la identidad valenciana, catalana o mallorquina impide hoy encontrar la unión real de lo que supuso, gracias a Jaume I, la identidad cultural de los tres territorios catalano-aragoneses  con Joanot Martorell, Ausias March, Ramón Llull, el propio Jaume I en sus Crónicas…. El problema, increíblemente se basa en ¿El nombre de la lengua?. ¿Por qué no defender el origen glorioso de esa lengua?. ¿Aquel origen dels Trovadors occitans imbuidos de esplendor medieval?.

 

Jaume I sería la frontera entre ese pasado glorioso que representaba la extensión de la europea Marca Hispánica con su cultura, su historia y su identidad, su presente catalano- aragonés con la unión de Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca y con una lengua que resplandeció en un futuro glorioso por el Mediterráneo hasta Atenas y Neopatria. El legado de una Identidad que unió esta parte de Europa  bajo la fórmula de Confederación -unión a reivindicar en la Europa actual- unida en aquella sangre real de gloriosos orígenes.

 

Esto es, 800 años después, lo que no deberíamos permitir olvidar en este mundo en decadencia. El pasado glorioso de nuestro pueblo a través de figuras míticas como la de Jaume I: su origen, educación, política y cultura. Un legado que pertenece a la Corona de Aragón; a todos los españoles… a todos los europeos.

 

 

 

 

 

 

 

LA CABALLERÍA EN LA MEMORIA DE LA CORONA DE ARAGÓN

LA CABALLERÍA EN LA MEMORIA DE LA CORONA DE ARAGÓN

Por E. Monsonís

 

La historia de la Corona de Aragón es antigua. Sus orígenes y sus fundamentos medievales se hunden en otro lugar distante geográficamente, situado en las frías y duras tierras del norte de Europa. Desde el sur de la actual Suecia partió el antiguo y mal conocido pueblo de los godos hacia las más templadas tierras del sur europeo. Tras cuatro siglos de peregrinajes, guerras y vicisitudes de todo tipo, unos cien mil hombres pertenecientes a la rama de los visigodos se establecieron como aliados del ya involucionado Imperio romano en la Galia meridional, fundando el reino de Tolosa. Aquella zona, germen de los posteriores enclaves catalanes de la futura Marca Hispánica, y masivamente colonizada por estos visigodos , fue llamada Gothia, nombre que sería transmitido a sus descendientes de más al sur y que ha sido perpetuado en la forma onomástica  actual de Cataluña. Extendidos por Hispania primero, feudatarios de los francos después, reencontrados los de Tolosa con sus hermanos  refugiados durante la invasión islámica de la península ibérica más tarde, los visigodos afirmaron su  ancestral vocación  guerrera en Tolosa, rechazando con el apoyo de los francos la penetración militar de los árabes más allá de los Pirineos. En el contexto de esta resistencia así como en la voluntad de reconquista posterior, debemos encontrar el nacimiento de la marca fronteriza llamada hispánica en honor de estos godos, conocidos como hispani por los godos de Tolosa.

Tras varias batallas de resistencia en Tolosa y Poitiers, los hijos de Gotland vuelven a reunirse en la nueva Gothia iniciando y acaudillando, como en el noroeste sus hermanos godo-asturianos la reconquista del territorio hispánico. Así nacerán los condados de la Marca Hispánica que con el tiempo debido al gentilicio con el que era conocida su elite dirigente pasará a llamarse Catalunya. Las batallas de Tolosa y Poitiers y la restauración imperial llevada a cabo por Carlomagno, iniciaban de esta manera una nueva época en la que las tradiciones germánicas, y una visión del mundo bajo el doble estandarte del Imperio y de una Cristiandad influida por el elemento germánico instauraron un nuevo Orden en toda Europa. Las tierras reconquistadas no fueron ajenas a esta transformación y nueva restauración imperial. De esta forma, la Caballería impuso su ética y su política, y las nuevas relaciones existentes en estos condados fueron feudales como en el resto de las tierras europeas. La restauración imperial carolingia propiciada tras el Tratado de Verdún, supuso la instauración de Sunyer y Sunifred de la casa de goda de Carcassona al frente de la mayoría de los incipientes condados catalanes. Sus herederos, fieles a la casa carolingia y empeñados en la guerra de resistencia-reconquista europea surgida en diversos puntos peninsulares afianzarán la presencia de los caballeros de origen godo en estas tierras. Wifred , conde de Urgel y Cerdanya desde el año 870 obtiene los condados de Barcelona, Gerona y Besalú y su hermano Miró el de Roselló, mientras que su primo Sunyer heredará el antiguo condado de su padre, Ampurias.

En muy poco tiempo se extiende por estas tierras el ideal caballeresco, lleno de influencias germánicas, guerrero y con vocación heroica, más cerca de un paganismo campesino que del cristianismo que ya tomaba la iniciativa espiritual de este mundo. La Iglesia cristiana consciente de esta realidad  intenta cristianizar a nivel europeo un mundo que por esencia era totalmente alejado de sus orígenes y cosmovisión. De esta manera, se produce una cristianización de la caballería germánica y al mismo tiempo una germanización del cristianismo, cuyo resultado fue un catolicismo sincrético que informará claramente a Europa en su época medieval, positivo en algunos aspectos pero con un fin muy claro y contrario al elemento germánico europeo. Ejemplos de este proceso los encontramos por una parte en el mito del Grial y por otra en el ideal de Cruzada.

El mito del Grial, importantísimo y poderoso para el mundo de la Caballería europea en la Edad Media, también tendrá una importante relación e influencia con la Corona de Aragón. El Grial, parte central de los textos artúricos ha sido sin embargo notablemente confundido. Evocador de antiguas iniciaciones guerreras, ligado a la búsqueda y al principio activo del guerrero, el destino de la búsqueda del Grial debía llevar a la gran guerra para pasar de la caballería material a la caballería espiritual. También aparece en diversos textos de influencia céltica como un objeto inmaterial, como piedra celeste o como copa, haciendo alusión en todos estos conceptos al conocimiento superior, a la virilidad,  y a la conquista. También el Grial fue cristianizado, y finalmente la «copa» pasó a convertirse en el cáliz de la última cena de Jesús de Nazareth. De este supuesto objeto o de algo relacionado con el verdadero Grial hay sobradas referencias en Cataluña y Aragón, sobretodo en zonas montañosas cuando no en los mismos Pirineos. Se habla de zonas consideradas especiales desde antes de la llegada del cristianismo, el Montsegur occitano, la zona del Moncayo tan vinculada al Temple y cuyos ecos podemos leer en la leyenda del «monte de las ánimas» de Becquer, Sant Pere de Rodes, edificado sobre antiguos templos paganos de Roma, conocido como la Sede del Grial catalán, por supuesto y ya en versión totalmente cristianizada en el antiguo y montañoso monasterio de San Juan de la Peña, en la abadía benedictina de Montserrat, y finalmente en la catedral de Valencia, donde se adora una vasija como cáliz de la última cena de Jesús de Nazareth.

 También en las Cruzadas  desemboca el impulso conquistador y guerrero contra el enemigo extraño, con el espiritual y religioso contra el enemigo de otras creencias. Europa contra el extranjero, la Cristiandad contra el Islam. La Cruzada aparece como empresa europea de reconquista, en Jerusalén, mítico para la religión cristiana, pero también en la península ibérica. La doble vertiente, espiritual y guerrera, perdida años atrás entre romanos y germanos vuelve a aparecer, aunque en esta vez, fatalmente, el poder del Papado tiene una influencia importante, precisamente en su afán de supervivencia ante la todavía gran energía germánica presente en la élite dominante en el mundo medieval, y por otra parte en su afán de dominación y control.

No es de extrañar el influjo que esta guerra sin fronteras geográficas en la que guerreros de la misma sangre y origen, surgidos de toda Europa se movilizan por un ideal superior de afirmación y fraternidad guerrera, tuvo entre los caballeros de origen germánico ya cristianizados. Las Cruzadas fueron la gran empresa guerrera de Europa en la Edad Media. También en la antigua Gothia, así como en los incipientes enclaves de Aragón y de Catalunya empeñados en su propia Cruzada.

Este ideal de Cruzada tendrá una gran importancia tanto en el nacimiento como en la trayectoria posterior de Catalunya y Aragón, quedando bien presente tanto en su mitología como en sus símbolos, y hoy podemos ver como las antiguas enseñas de Catalunya –con la cruz de San Jorge– o de Aragón –cuatro cabezas de moro cortadas separadas por una cruz de palos iguales– recogen perfectamente las ideas de este mito reconquistador representado bajo el símbolo de la cruz, símbolo que tanta importancia había tenido como lábaro entre los primeros godos de la reconquista. Aunque no muy numerosos debido a estar ocupados en la recuperación de las tierras del Ebro, no faltaron catalanes o aragoneses en las Cruzadas de Ultramar, y al mismo tiempo caballeros de otros rincones de Europa, algunos de ellos Cruzados como Gaston de Bearn, participaron en la reconquista de las tierras del nordeste peninsular. En el caso de Zaragoza, por ejemplo, había sido proclamada su conquista en el Concilio de Tolosa como Cruzada, participando en la misma,  caballeros llegados de tierras palestinas.

Es en este doble contexto, el del Grial y el de las Cruzadas, donde surgen las Órdenes de Caballería, en las que se funde de forma sublime la doble vertiente guerrera y la espiritual, íntimamente ligadas. En el ciclo del Grial resucitan los elementos de la mitología nórdica que unidos a su primitivo significado devolverán su significado a las antiguas sagas germánicas que mantienen el mundo de la caballería medieval y que mediante diversas tradiciones secretas se unirán en el ideal gibelino del Imperium. Es precisamente entre los siglos XII y XIII en pleno apogeo del gibelinismo cuando la caballería medieval se encuentra en sus mejores momentos, cuando surgen los textos del Grial y florece las Ordenes Militares, en especial la de los Templarios. A decir de Evola «durante cerca de siglo y medio todo el Occidente caballeresco vivió intensamente el mito de la Corte de Arturo y de sus caballeros que se entregan a la búsqueda del Grial. Fue como el progresivo saturarse de un clima histórico al que pronto siguió una brusca ruptura. Ese despertar de una tradición heroica vinculada a una idea imperial universal debía suscitar fatalmente fuerzas enemigas y conducir finalmente al choque con el catolicismo».

En este contexto de Cruzadas e ideales caballerescos, en pleno siglo XII entran las Órdenes Militares en Aragón, posiblemente de la mano de Alfonso I el Batallador muy influido por el ideal de la Cruzada, mientras que en el año 1131 el conde de Barcelona y señor de Provenza, Ramón Berenguer III pedía su ingreso en la Orden de los Templarios. No deja de ser significativo que el primero en su testamento donara en herencia sus reinos a las Ordenes Militares, ni que finalmente el nuevo conde de Barcelona Ramón Berenguer IV siguiendo los consejos de su padre templario lograra reunir en el año de 1143 a los principales señores catalanes al frente de una nutrida representación templaria revitalizando la guerra y reconquista con la unión de Cataluña y Aragón tras su matrimonio con Petronila, sobrina y sucesora de Alfonso I. La Orden del Temple actuará durante los siguientes años como garante y protectora de este proceso. De esta forma los caballeros catalanes se unirán de manera determinante a las Ordenes Militares. Existen numerosos ejemplos de este vínculo, en 1131 Guerau II de Cabrera, uno de los nobles más principales de Urgell hizo testamento a favor de los caballeros hospitalarios, mientras que cincuenta años más tarde su sucesor Gombau III de Ribelles, casado con Marquesa de Cabrera pidió ser enterrado en la encomienda templaria de Gardeny. Son solo dos ejemplos de los numerosísimos en los que familias nobles, de mayor o menor poder, que en Cataluña y Aragón mantuvieron importantes relaciones con las Órdenes Militares en aquellos siglos XII y XIII de esplendor medieval. Tal como en la Normandía francesa había pedido Guillermo el mariscal ser enterrado con el hábito templario, en Cataluña numerosos caballeros realizaron también este ritual. Los templarios participaron durante estos siglos en la dirección política de Aragón-Catalunya y fueron protagonistas de numerosas acciones militares de la reconquista como el sitio de Tortosa, la ocupación de Lérida o Miravet. También participaron decisivamente junto a las tropas catalano-aragonesas a las que su unieron provenzales, languedocianos y otras gentes ultrapirenaicas capitaneadas por el rey Pedro II en la victoria de las navas de Tolosa frente a los almohades. Precisamente este rey, acabará sus días luchando en la batalla de Muret en 1213, encuentro en el que las fuerzas de la Iglesia y el Papado, unidas a los intereses materiales de la monarquía francesa dieron un duro golpe a las fuerzas que le eran contrarias y en concreto a la Corona de Aragón que perdería gran parte de su influencia en las zonas de la antigua Gothia. No participaron sin embargo los templarios en dicha batalla, ni a favor ni en contra, pero sí que educaron al nuevo rey huérfano, Jaime I, en su castillo de Monzón. Este rey continuó la Cruzada de reconquista de sus antepasados completando la conquista de las tierras del sur y de las islas Baleares y creando con ello los nuevos reinos de Mallorca y Valencia. La influencia y participación de los templarios, y de otras Ordenes Militares como hospitalarios y calatravos en esta empresa fue notable, quedando para las mismas importantes posesiones en los nuevos territorios, en concreto la agreste y misteriosa área montañosa del norte de la actual provincia de Castellón conocida desde entonces como el Maestrazgo. Es de destacar , que junto a las tropas catalano-aragonesas y a las Ordenes Militares, participaron en la reconquista y posterior repoblación de Valencia otros contingentes llegados de Navarra, Occitania, Provenza, e incluso de otros lugares de Francia, Alemania e incluso las islas británicas, confirmándose con ello la europeidad de la reconquista de la península ibérica dentro del marco de la gran Cruzada de afirmación europea llevada a cabo durante los siglos XII y XIII por la Caballería medieval.

El final del siglo XIII marca el inicio de la decadencia de la gran Caballería medieval europea. La derrota de Muret y la destrucción de la Gothia meridional, el aumento de la influencia y control del Papado y del cristianismo sobre las monarquías europeas, y la violenta destrucción de la Orden del Temple, principal milicia de las corrientes partidarias del Imperio, aceleraron la conversión de la élite aristocrática de la Caballería en una mera clase social detentadora de un cierto poder material que paulatinamente fue olvidando sus principios y finalidades. El consecuente triunfo del materialismo como ideología occidental propiciará siglos después el triunfo de las ideologías materialistas y el hundimiento definitivo de la influencia de los principios de la Caballería en Europa.

En la Corona de Aragón, la orden papal de destrucción del Temple fue aceptada a regañadientes. Lejos quedaba aquella época en la que los principales señores catalanes pedían ser enterrados con hábito templario y hasta reyes cedían sus posesiones a esta Orden.

En las nuevas tierras de Valencia muchos vástagos de las antiguas familias catalanas de origen godo se establecieron buscando nuevas oportunidades. Llevaron su sangre y algunos sus armas, pero la reconquista ya estaba  finalizando y los hombres de guerra empezaban a ser más molestos que necesarios. La Gran Caballería medieval estaba siendo prácticamente desactivada y los retoños de los linajes godos deberán iniciar nuevos oficios pacíficos para poder sobrevivir. Los generosos y homens de paratge del reino de Valencia, la mayoría de origen catalán se convertirán con el tiempo, por lo demás imbuidos en el mismo proceso de desactivación que afectaba a toda la Europa medieval, en pálidos reflejos de lo que fue la Caballería.

En lo que respecta a la destrucción de la Orden del Temple, muy violenta y represiva en otras zonas de Europa, tuvo una forma mucha más pacífica en Aragón. El ambiguo rey Jaime II ofreció sus reservas al Papado sobre las acusaciones vertidas sobre una Orden Militar tradicionalmente aliada de la Corona catalano-aragonesa y de probado prestigio en sus tierras. Finalmente el rey catalán cedió una vez más a las pretensiones del Papado –como ya lo había hecho antes al aliarse con los Anjou en contra de la rama Aragón de Sicilia– y aplicó las órdenes del Papa, aunque de forma pacífica a excepción de los castillos de Miravet y Monzón que opusieron cierta resistencia a las tropas reales. Posteriormente fue el animador de la creación la Orden de Santa María de Montesa para completar la reconquista del Reino de Valencia. Esta Milicia, orden militar valenciana por antonomasia, fue creada en Barcelona en 1319 por iniciativa real y con la frialdad del Papado que se resistió a dar la bula de autorización, y fue formada desde el principio con caballeros hospitalarios de antiguas y esclarecidas familias catalanas. Bajo control de hospitalarios y calatravos, los nuevos caballeros de Montesa quedaron con todo el patrimonio templario del Reino de Valencia. Con el tiempo, la Orden quedó bajo el control del rey de Aragón, y fue la tradicional orden valenciana de caballería, que como las demás perdieron todo vínculo con los verdaderos principios y esencia de la Caballería a la llegada de la Edad Moderna.

De la Caballería, tan sólo quedan en Aragón algunos símbolos para quien quiera encontrarlos, leyendas e historias, derruidos pero orgullosos castillos que se resisten a desaparecer, y sobre todo esos antiguos, perdidos y evocadores lugares entre  montañas y  bosques, lugares que nos transmiten los ecos de recuerdos también extraviadas en lo más lejano de nuestra memoria.

Hará falta buscarlo para poder recuperarlo.

LA CUESTIÓN IRLANDESA Y EL PROBLEMA DEL ULSTER[1].

LA CUESTIÓN IRLANDESA Y EL PROBLEMA DEL ULSTER[1].

Por Enrique Ravello.

 

Durante la Prehistoria y la Protohistoira,  varios son los pueblos que, sucesivamente, se instalan en la Isla Verde, algunos venidos del este, otros del norte, y también llegan allí pueblos del norte peninsular hispano después de que el fin de la glaciación liberara del hielo a gran parte del centro y norte de Europa, será el primer contacto histórico entre España e Irlanda. Estos pueblos, paleo-europeos e indo-europeos, bastante homogéneos entre sí, protagonizarán la Antigüedad irlandesa bajo el prisma de lo celta.

Al contrario del resto de territorios célticos insulares, Irlanda no se verá sometida a ningún proceso de romanización –como Gales e Inglaterra- ni mantendrá importantes núcleos de población no céltica en su territorio –como el caso de los pictos en Escocia, donde además sí hay restos de una cierta presencia romana en el sur-. Esta particularidad permitirá que la religión ancestral de Irlanda, permanezca hasta la Antigüedad tardía, precisamente cuando, en un proceso llamativamente breve, su casta religiosa, los druidas, se convierta masiva y simultáneamente al cristianismo sin solución de continuidad con religiosidad anterior. Durante los siglos de transición entre la Antigüedad y la Edad Media, los monjes irlandeses, herederos de la sabiduría druidica, darán nacimiento a  una nueva religión de simbiosis, el celto-cristianismo, que se extendió por Europa occidental.

La Isla Esmeralda se verá por completo afectada por las incursiones vikingas durante el siglo VIII, instalándose en ella numerosos vikingos, fundamentalmente noruegos. Aún hoy hay un debate abierto sobre si Dublín es fundación noruega o anterior. Estos vikingos se fundieron rápidamente con la población céltica.

A escala europea, el fenómeno vikingo adquirirá una nueva dimensión cuando el jefe vikingo danés, Rollón el normando[2], firma un pacto con Carlos III el simple, tataranieto de Carlomagno, por el que éste, a cambio de finalizar con sus incursiones y defenderle del resto de vikingos, le daba al danés el derecho a instalarse en una parte de su territorio, así nació Normandía. En 1066 un sucesor de Rollón, Guillermo el Conquistador, reclama sus derechos al trono inglés e invade la isla, iniciando el periodo «anglo-normado». Su biznieto, Enrique II (1154-1189), será el primer rey de la Casa Plantagenet en trono inglés, siendo su hijo y sucesor el célebre, Ricardo Corazón de León. La nueva dinastía desarrollará una dinámica expansiva, guerrera y conquistadora, ambiente que queda perfectamente reflejado en la novela Guillermo el Mariscal del medievalista francés, George Duby, máximo exponente de la escuela historiográfica de las mentalidades. Para los monarcas anglo-normandos, Irlanda es un tierra rica, buen objetivo para expediciones de pillaje, así es como comienza la presencia inglesa en la Isla Verde. Posteriormente los ingleses introducirán el feudalismo normando en la isla, chocando con la tradicional concepción de la propiedad irlandesa, donde el derecho a la tierra estaba ligado a la estructura clánica y a una especie de propiedad comunal; del mismo modo se introduce forzosamente la primogenitura en la elección del rey, en lugar de la tradicional monarquía electiva gaélica, el pueblo irlandés nunca llegó a asimilar esta nueva práctica, que en realidad supuso la desaparición la de figura del rey de Irlanda, en beneficio de una serie de jefes locales de escaso poder. Si bien entorno al 1350 asistimos a una fuerte ofensiva de los irlandeses, que habiendo asumido las técnicas guerreras anglo-normandas, recuperan parte de su territorio, el siguiente paso en la destrucción del sistema de vida ancestral irlandés fue en 1494, cuando mediante al Poynings Act, se anula la definición jurídica del Estado irlandés, que pasa a ser un reino ligado a la monarquía inglesa a través de una unión personal[3] .

Aun teniendo en cuenta todo lo dicho, hay un salto cualitativo y negativo en las relaciones entre la monarquía inglesa y el pueblo irlandés. El rey inglés, Enrique VIII[4] (1509-1547), rompe con Roma e instaura la Iglesia anglicana, los irlandeses permanecen fieles al catolicismo, el factor religioso agravará la política inglesa en Irlanda, que para la Iglesia anglicana será territorio a «convertir». Los irlandeses organizan varias rebeliones en las que siempre cuentan con la ayuda española, nunca la suficiente como para derrotar a Inglaterra, pero sí una clara demostración de la vinculación española con la causa irlandesa[5], será el segundo episodio histórico de contacto hispano-irlandés.

El momento dramáticamente trágico llegará con el triunfo de la Revolución inglesa[6], y la consiguiente llegada al poder de los puritanos –unos fanáticos protestantes- y al gobierno de Londres del genocida proto-jacobino Oliver Cromwell y sus Roundheads[7], nacido en una familia enriquecida gracias a las expropiaciones clericales y a la especulación, Cromwell aboga por la eliminación física de los «papistas irlandeses» para instalar en la isla a sus seguidores puritanos que la explotaran comercialmente según la ideología calvinista, para ello contó con su sanguinario New Model Army. Los gobernadores impuestos por Cromwell en Irlanda, entre los que destaca su hijo, Henry, tienen el dudoso honor de llevar a cabo la primera expulsión masiva de población de la Edad Moderna: ningún irlandés estaba autorizado a poseer tierras al este del río Shannon, a los autóctonos les quedaba la opción de la muerte, la semi-esclavitud o la deportación a la zona más occidental y agreste de la isla, Connaught[8]. Aunque el breve paréntesis de la restauración jacobita[9] supuso un alivio para la población irlandesa, el triunfo de la segunda Revolución inglesa –la llamada Gloriosa- retoma la política genocida contra el pueblo irlandés que durante los siglos siguientes llegará a cuotas de brutalidad indescriptible. Como consecuencia, el pueblo irlandés entra en un proceso de pauperización que tendrá su punto más trágico en la llamada «Gran Hambre»: de los 8 millones de habitantes que tenía Irlanda, algo más de dos emigrará fuera del país, mayoritariamente a Estados Unidos y Australia, aunque también a España, donde pronto destacarán en el estamento militar, será el tercer momento de contacto histórico hispano-irlandesa. Entre las  familias irlandesas llegadas a España, se sabe del joven matrimonio Selly y su pequeña hija, hoy su tataraniento dedica estas líneas a su memoria.

Hambre, persecuciones, prohibiciones, humillaciones, es el panorama al que se siguieron enfrentaron los irlandeses durante el siglo XIX. Si embargo el alma irlandesa nunca se rindió y es durante ese siglo cuando empieza a gestarse un nacionalismo irlandés capaz de enfrentarse a la política de Westminster y exigir para los suyos un status diferente y un progresivo grado de autonomía, demanda que el parlamento irlandés plasmó en la Home Rule, nunca aprobada por el parlamento británico. Fue necesario que un pequeño grupo de héroes, enraizados en su pueblo, en su cultura y en su herencia y conscientes de que sólo una acción decida y una voluntad determinante  marca el destino de los pueblos, protagonizara el famoso Alzamiento de Pascua[10] en 1916. El Alzamiento terminó con la previsible derrota militar por parte de los británicos y el fusilamiento de sus protagonistas, entre ellos: Patrick y William Pearce, Eduard Connolly, Michael O´Hanrahan o Roger Casement, que asumieron sus ejecuciones con la esperanza de que sirviesen para despertar definitivamente a sus irlandeses. Y así fue en 1918 el Sinn Fein[11] ganará las elecciones de forma apabullantes, los diputados electos se reunieron el 21 de enero de 1919 en Dublín para proclamar la independencia de Irlanda, independencia no admitida por el Reino Unido y que dio lugar a la guerra anglo-irlandesa 1920-1921 entre la policía real irlandesa, el ejército británico y los Black and Tans[12] por una lado y el IRA, con victoria de estos últimos. En 1922 se firmó el tratado de paz anglo-irlandés, por el cual Londres reconoce la creación del Estado Libre de Irlanda, que aún mantenía ciertos lazos de unión con la monarquía británica. En 1949 se proclama definitivamente la República de Irlanda, para la que se recupera el nombre de Eire, y en la que su presidente será la máxima autoridad y se cortarán todos los lazos con la Commonwealth. Irlanda se convierte en un Estado soberano, es el buen final de la «cuestión irlandesa».

            La aplicación del tratado anglo-irlandés que supone el fin de la «cuestión irlandesa», tendrá como consecuencia la aparición de un nuevo conflicto en el norte de la isla, que sin bien tiene precedentes comunes, es una cuestión muy diferente, nos referimos al «problema del Ulster». En el tratado se estableció el derecho a la autodeterminación de Irlanda del Norte, los británicos exigían esa cláusula para reconocer la independencia de la República de Irlanda, por parte irlandesa, Michael Collins entendió que una República irlandesa que incluyera ese elevado porcentaje de unionistas era un proyecto político inviable, previó –con acierto- que la inestabilidad y la guerra civil se hubiesen enquistado en toda Irlanda, y que era justo, pero también necesario dejar a los unionistas, mayoritarios en el norte, que decidiesen su destino. La firma de Collins le supuso su asesinato por parte de miembros del IRA –organización fundada por él mismo- contrarios a ese pacto y favorables a la postura radical de de Varela[13].

            En 1921 Irlanda del Norte debía decidir a cuál de los dos estados quería pertenecer definitivamente. El nacionalismo irlandés, en detrimento de la simbología tradicional: la cruz de San Patricio, y el arpa, había elaborado una nueva bandera tricolor en el siglo XIX: el verde representaría la herencia celta de Irlanda, el blanco la paz, el naranja la pretensión de que los orangistas se reconocieran como una parte más del pueblo de Irlanda, pretensión fallida[14]. Los unionistas de los 6 condados del Ulster, absolutamente mayoritarios en la provincia desde el punto de vista demográfico, deciden, llegado el momento de forma libre, clara y rotunda formar parte del Reino Unido, ejerciendo el famoso derecho a la autodeterminación del Ulster. Derecho que nunca han reconocido los nacionalistas irlandeses, al no aceptar que el Irlanda del Norte tenga entidad propia diferenciada a la del resto de Irlanda, es por esto que el IRA[15] nunca ha aceptado un referéndum para que la provincia elija de nuevo su destino político, su exigencia es que en tal hipotético referéndum votasen a la vez todos los habitantes de la isla, algo a lo que –obviamente- los norirlandeses se oponen. Sólo en la negociación del Proceso de Paz, el IRA ha admito la posibilidad de una consulta popular realizada exclusivamente en el norte de Irlanda, el motivo de ese cambio de actitud es que, los datos demográficos indican que en pocas generaciones los católicos podrán invertir la proporción demográfica actual y convertirse en mayoritarios en Irlanda del Norte, lo llevaría con toda seguridad a su incorporación a la República de Irlanda.

            Como nos recuerda Jean Mabire[16], tan conocedor y amante de la causa irlandesa, como objetivo y riguroso en sus escritos, insistimos en que, contrariamente a lo que parece ser una opinión muy extendida, la situación de Irlanda del Norte no es la de una colonia, pues la absoluta mayoría de su población el protestante; ni está bajo soberanía británica «militarmente», sino por decisión expresa de su población renovada en todas las elecciones habidas en la provincia, en las que los partidos protestantes ganan holgadamente; ni estos protestantes son restos de la presencia inglesa, pues se trata de población de origen escocés[17], que como tales y como presbiterianos –no anglicanos- también sufrieron ciertas discriminaciones por parte de la corona británica –siempre menores que las sufridas por los irlandeses-. Estos escoceses llegados al Ulster en un proceso llamado Plantation of Ulster e ideado por la monarquía de Londres para «pacificar» la zona más rebelde de Irlanda, fueron mayoritariamente soldados y campesinos, no fueron ajenos a penurias y dificultades, muchos de ellos emigraron a Canadá y Estados Unidos, donde tuvieron una notable influencia en el Sur.

Edward Carson, ha sido el líder político más destacado de esta comunidad, él consiguió que a Irlanda del Norte se le reconociera el derecho a decidir sobre su futuro. Lord Carson se retiró de la política en 1929, advirtiendo que la marginación de la minoría católica de Irlanda del Norte, traería inestabilidad, recordando la necesidad de integrarla en igualdad de condiciones con los protestantes, sus sucesores en el gobierno de la provincia británica no le hicieron caso, y efectivamente las advertencias de Carson se cumplieron. En los años 60, la minoría católica, indiscutiblemente marginada, inicia una fuerte campaña en demanda de sus derechos civiles, en poco tiempo esa demanda civil se transforma en una cuestión política, esta minoría pretenderá la incorporación a Irlanda, mientras que la mayoría protestante defenderá la permanencia en Reino Unido[18], el conflicto armado consiguiente es por todos conocido con 3.500 muertos y más de 36.000 heridos.

En 1994 el IRA-Provisional declara el alto el fuego y se inicia un proceso de paz  del que no son causas ajenas que, para Reino Unido fuera excesivamente costoso mantener su despliegue militar en Irlanda del Norte en una y que Estados Unidos[19], donde el IRA se financia gracias a la comunidad irlandesa y se aprovisiona de gran parte de su armamento,  ponga fin a su tradicional condescendencia con la organización armada irlandesa. Muy probablemente en conversaciones previas entre los dos aliados anglosajones decidieran actuar conjuntamente para terminar con un conflicto excesivamente costoso para las arcas londinenses[20]. Después de crisis, paralizaciones y reactivaciones del proceso de normalización en Irlanda del Norte, en el que la isla ha perdido y recuperado varias veces su autogobierno, la situación actual permite cierto optimismo, los dos partidos más radicales de ambas comunidades: el Democratic Unionist Party (DUP) del reverendo Ian Paisley por parte protestante[21] y el Sinn Fein[22] de Gerry Adams[23], se han convertido en los más votados por los suyos y ambos están obligados a entenderse en la formación del actual gobierno autonómico norirlandés, que tiene como objetivo principal consolidar la paz y la estabilidad en el norte de la Isla Verde.

            No queremos cerrar estas líneas sobre Irlanda del Norte, sin expresar nuestra admiración por el heroísmo demostrado por ambas partes en la defensa de sus comunidades, llegando a casos de sacrificio y entrega extremos. Pero esperamos que cese definitivamente de derramarse sangre irlandesa y escocesa en el Ulster, abogamos por una paz y entendimiento definitivo entre estos dos pueblos tan cercanos a los que deseamos ver juntos, en la lucha por nuestra Europa.

 

 

 

 

 

 [1] El término Ulster (Ulad en gaélico) lo usamos por convención, pero no es enteramente correcto, ni es sinónimo de Irlanda del Norte. Irlanda está divida en cuatro regiones históricas: Ulster, Munster, Leinster y Connaught, cada una de ellas subdivididas en varios condados. El Ulster está formado por nueve condados: seis de ellos (Derry, Tyrone, Fermangh, Down, Antrim, Armagh) forman Irlanda del Norte, bajo soberanía británica, los otros tres ( Donegal, Cavan, Monaghan), forma parte de la República de Irlanda. Los protestantes unionistas usan el término de Ulster, los republicanos nacionalistas se refieren a los 6 condados. En la República de Irlanda hay 26 condados, el Sinn Fein y el IRA usan el término «los 32 condados» para referirse a la totalidad de la isla.

 

[2] Latinización del nombre Gange Rolf

[3] De facto el rey inglés pasa a serlo también de Irlanda, que queda absolutamente sometida a Inglaterra, que ya incluía a Gales desde el siglo XIII.

 

[4] De la Casa Tudor.

 

[5] El tradicional aliado geopolítico de Irlanda contra Londres ha sido España; mientras que para Escocia, lo ha sido Francia.

 

[6] Para muchos el precedente de las revoluciones liberales.

 

[7] «Cabezas redondas» llamados así por su típico corte de pelo al estilo puritano.

 

[8] De ahí que en esta región se haya preservado con más fuerza la lengua gaélica (Gaeltacht).

[9] Es decir la vuelta el trono inglés de la dinastía católica de los Estuardo.

 

[10] Éiri Amach na Cásca en gaélico.

[11] Sinn Fein en gaélico «nosotros solos». El gran partido del nacionalismo irlandés. Tras la dimisión de de Varela, muchos de sus miembros, y otros grupos políticos favorables a aceptar el tratado anglo-irlandés fundaron el Fine Gael «familia irlandesa», que también tuvo otra escisión en 1932, el Fianna Fail «soldados del destino», ambos serán los dos grandes partidos de la República irlandesa. El Sinn Fein mantiene su fuerza política en los 6 condados de Irlanda del Norte.

[12] Negros y Marrones, tropas británicas, así conocidas por el color de sus uniformes.

[13] De Varela reconoció su error al final de su vida política.

[14] Es curioso observar como, en consecuencia, los nacionalistas irlandeses han ido «amarilleando» la franja naranja

[15] Tras la independencia irlandesa, el IRA permaneció como un pequeño grupo opuesto al tratado anglo-irlandés, que protagonizaba esporádicas campañas en la frontera con británico-irlandesa. Este Ira-Oficial, tendrá una importante escisión en 1969 creándose el IRA-Provisional, los famosos «provos», que se convertirán en una poderosa organización armada. El IRA-Oficial declaró el alto el fuego en 1972, el IRA-Provisional está participando en el actual proceso de paz para Irlanda del Norte, los «provos» frecuentemente se han referido a sí mismos como Óglaigh na hÉireann, es decir «Voluntarios de Irlanda», o simplemente «voluntarios». En 1974 se fundó, por antiguos miembros del IRA-Oficial que no aceptaron opuesto al cese de la violencia, el marxista-leninista Irish Nacional Liberation Army (INLA).  En los años 90 aparecieron dos escisiones del IRA-Provisional, contrarias al Proceso de Paz: el IRA-Auténtico y el IRA-Continuidad y el IRA-Auténtico tristemente conocido por el brutal atentado de Omagh en 1998.

 

[16] Ver la entrevista publicada en este número.

[17] Para más información sobre estos escoto-irlandeses, ver en este número el artículo: E. Ravello, «Los escoceses del Ulster. ¿Quiénes son los orangistas?»

[18] Constituyendo también organizaciones paramilitares con esa finalidad: Ulster Defence Association (UDA), Ulster Volunteer Force (UVF), Loyalist Volunteer Force (LVF), Red Hand Defenders (RHD).

[19] Especialmente la ciudad de Boston.

[20] Los unionistas hablan de la «traición de Westminster».

[21] En detrimento del Unionist Ulster Party (UUP) del premio Noble de la Paz, David Trimbel, quien dejó su cargo en favor de Sir Reg Empey

[22] En detrimento del Social Democratic and Labour Party (SDLP) del premio Nobel de la Paz, John Hume que en 2004 dejó la jefatura en manos de Mark Durkan.

[23] Del que se dice fue jefe militar de la columna del IRA-Provisional en Belfast durante los años 70.